"Balada de otoño" de Manuel de la Fuente
Andaba mi Mari el domingo de chino en chino, ansiosa de repoblar
(reforestar, se diría) su fondo de armario otoñal (ya saben, súbeme las
cajas con la ropa de verano, bájame las cajas con la ropa de invierno, y así sucesivamente), de manera que tomé las de Villadiego, que para el caso vinieron a ser las del Retiro. Bajo chopos y castaños me recreaba en ese sencillo ir y venir de gente con ánimo de fiesta, relajada, sonriente, incluso. Me regocijé una vez más ante la inverosímil pero bellísima presencia del ángel caído, con el paisanaje aupado a sus patines y disfruta que te disfruta también del placer de los pedales. Los músicos echaban a volar sus notas dicharacheras, y en los teatrillos de títeres el tiempo de la infancia parecía detenerse. Anduve a solas, como un filósofo en paro en los aledaños del Palacio de Cristal y mientras me llenaba los pulmones de aire moderamente puro un tsunami de recuerdos me partió el alma, al tiempo que los pies se me iban hacia esa senda que entre viejos (pero nunca antiguos) árboles conduce al Bosque del Recuerdo, aquél al que llamaron de los Ausentes. Tiraban de mí como una marioneta los hilos de la memoria, una memoria encogida todavía por las lágrimas de aquellos días de marzo cuando la vida de ciento noventa y dos hermanos quedó en la cuneta.Un puñado de personas subía y bajaba por esa colina tan artificial como necesaria. Quizá me temblaron las piernas y quizá volvieron a humedecerse mis ojos, es probable, muy probable. Arriba, un ramo de flores malvas, blancas y amarillas, al lado de los olivos con las aceitunas en sus ramas, a la espera de utópicas vareas. Dicen que allí deben descansar nuestros recuerdos, si antes no los recalifican. Está bien, que allí descansen en paz, aunque no sea en silencio, rodeados como están del estruendo de futbolistas tripudos y domingueros.Me vi en la cima rodeado de cipreses, con el corazón en un puño bastante cerrado. Me vi en la cima, rodeado de cipreses y recordé que antes que yo un poeta, humanamente desolado, apuntó que los cipreses creen en Dios. Bien está. Pero, ¿y nosotros?

