"Timbrazos" de Manuel de la Fuente
La del alba sería cuando han llamado a mi puerta. Desde luego, no era el lechero. Ni el cartero del banco, ni el cartero comercial. Han llamado a mi puerta en un amanecer tibio y húmedo de septiembre. No eran los Testigos de Jehová, ni los Adventistas del Penúltimo Día (¿o era el Antepenúltimo?), ni Tom Cruise doctor todo él de la Cienciología. No era el chico del híper, claro. Ni el de Gas Natural con sus opas a cuestas. Han llamado a mi puerta mientras afuera, como de limosna, apenas lloviznaba. Tres golpes secos, primero; otros tres, después, pasados diez segundos. Han llamado a mi puerta al amanecer y no eran mensajeros portadores de buenas nuevas, ni malas tan siquiera. Han llamado a mi puerta cuando los informativos de la madrugada ya cruzaban los aires y las ondas portaban su letanía de lamentos, desencuentros, orfandades y pérdidas. Tres golpes secos, como los de algún exterminador más o menos bíblico. No era el presidente de mi comunidad de vecinos pidiéndome que por favor, por favor, no diera más de comer a los gatos del patio. No era, tampoco, la Presidenta Aguirre que me fuera a poner un colegio concertado en la salita de estar. Ni mucho menos don Alberto Ruiz-Gallardón, con encendidos ánimos de inaugurarme. Y, evidentemente, tampoco era Trini, ni mucho menos, sobre todo ahora que se va a tener que hacer las Américas un día sí y otro también. Han llamado a la puerta, la del alba más o menos sería, y mis dos gatos han estirado las orejas y el morro, y han lanzado a las calles del amanecer sus maullidos de temor. Han llamado a la puerta a esa hora entre la noche y el día en la que todo se detiene, los pájaros aún no han empezado a cantar y tan sólo se oyen en la acera (según cuentan) los pasos secos, acaso metálicos de la Parca. Han llamado a la puerta y, afortunadamente, no era ningún señoritingo andaluz de ésos que hacen de su prosa el muestrario de especias de un híper de barrio, de ésos que odian a los negros. No, era, sencillamente, ahora lo sé, mientras veo cómo almuerzan en mi cocina, era el Día D de Todos los Cayucos. La del alba sería, ya digo, llamaron a mi puerta, afuera, en la calle, como de limosna, lloviznaba. Madrid, un día cualquiera de estos de septiembre.

