"Esta mañana" de Sonia Ibáñez
Esta mañana me despertó la luz del Sol. Al darme la vuelta, descubrí en la cama un hombre durmiendo junto a mí. Le miré, sorprendida, pues no recordaba haberme acostado con alguien la noche anterior. Dormía, impasible, ajeno a los ruidos de la calle y a la claridad que penetraba por la ventana invadiendo la intimidad del cuarto. Estaba desnudo, yacía boca arriba, respiraba profundamente mientras dos gotas de sudor bajaban por su frente. Me quedé quieta, procure no hacer ningún movimiento que pudiera despertarlo. Intentaba buscar alguna explicación de cómo aquel hombre había llegado hasta mi cama. Lo observé durante minutos explorando su piel, su pelo, sus manos, su boca. Si pudiera verle los ojos, pensé, su mirada me haría recordar. Dormía plácidamente, resoplaba y de vez en cuando farfullaba alguna palabra ininteligible como si hablara con alguien en sueños. Su voz me resultaba familiar pero no conseguía ubicarle en mi memoria. De pronto se giro y su cuerpo atrapo mi mano. Quedo tendido boca abajo presionando mis dedos con su vientre. Podía sentir el calor de su cuerpo, intente liberarme, con cuidado para no despertarle, pues tenía miedo de su reacción, pero su peso me impedía soltarme de aquel amarre tan absurdo. Tanteé su abdomen, buscando un resquicio por el que sacar mi mano pero su pene erecto me lo impedía. Parecía hacer guardia para evitar la huida. El hombre resopló, excitado por el contacto, se movió de nuevo y me abrazó. No había escapatoria. Empezó a besarme, a tocarme, le oía gemir, me acariciaba, buscando mi sexo, mi humedad, mi excitación, no había palabras, ni miradas, sólo caricias, caricias de dos extraños encontrados en una cama. Era una lucha, un descubrimiento alentado por el morbo de lo desconocido. La excitación crecía, ya no quería escapar, ya no quería liberarme de ese cuerpo. A los pocos minutos me arrolló un orgasmo y quedé tendida boca arriba, tomé aliento, ajena al cuerpo que tenía junto a mí. Recuperé el ritmo de la respiración y me di media vuelta para confirmar lo que acababa de ocurrir, entonces vi su mirada. Aquellos ojos me seguían penetrando, pero esta vez me interrogaban, ¿puedes recoger tú hoy a los niños del colegio, cariño?, yo saldré tarde del trabajo. Sonó el despertador, la hora de siempre.

