La Coctelera

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Categoría: Pedro A. Martín Ramos

30 Enero 2007

"No bebas" de Pedro A. Martín

Y te recuerdo que no deberías volver a beber.
Nunca
Que cuando te acuestes te quites la ropa.
Siempre.
Si no lo haces, por lo menos descálzate…
Apaga la luz alguna vez
Duerme…y duerme bien.
Y cierra los ojos. Sobria, desnuda, descalza y a oscuras...
Cierra lo ojos...
Te (lo) recuerdo, ya que lo pides.

Tags: poesia

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20 Noviembre 2006

"El juguete" de Pedro A. Martín Ramos

Era alto, bien parecido y portaba un traje de un corte que algunos definen como moderno. Con movimiento seguro entró en la tienda y nada mas llegar al mostrador me preguntó si vendía juguetes. Sí, contesté, y que tipo de juguetes buscaba. Contestó que uno de esos, ya sabe, una pistola. Aún se extendió algo más. Quería una que fuera manejable, pesara poco y además, también barata. Cuando le contesté que no tenía pistolas baratas levantó las cejas en señal de disgusto. Pidió que le mostrara algunas y lo hice a la vez que le explicaba varias de las características de las mismas: peso, modelo, modo de carga, tipo de munición y según para que delitos cual era mas interesante. Le mostré varias para entre dos y cinco años, seis y doce, algún modelo juvenil y por supuesto, para adultos. Después de elegir una Mágnum tipo Clint su interés derivó hacia la manejabilidad y el precio con balas incluidas. La verdad, dijo, no había pensado gastar tanto, pero… No parecía encontrarse seguro de su elección, pero sí de la adquisición. Volvió a quejarse del precio pero con gesto tranquilo sacó dinero de una elegante billetera disponiéndose a pagarme. Lo hizo a la vez que se negaba a que le envolviera su recién comprado juguetito porque quería cargarlo aquí mismo. También lo hizo. Cuando terminó la operación levantó su juguete a la altura de mis ojos y agradeciéndome la atención prestada…

Tags: cuentos

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19 Noviembre 2006

"Ventana" de Pedro A. Martín Ramos

Allí abajo, en el fondo de aquel oscuro valle está la cueva. Tengo que seguir. El cansancio se apodera de mí y los pies empiezan a dolerme demasiado. Desciendo durante algunas horas entre riscos, jaras pegajosas y arbustos que no me dejan avanzar y dificultan mi descenso. Me caigo y levanto varias veces y al cabo de cuatro horas me encuentro en la boca de la cueva. La bruja me había dicho que los murciélagos gigantes estarían esperándome ávidos de sangre, así que, cuando me dispongo a entrar mis piernas no están muy firmes y mis pupilas notan el paso de la luz blanquecina a la oscuridad mas negra. Enciendo la antorcha y mis ojos comienzan poco a poco a ver el interior. Hace frío. La humedad es pegajosa y el suelo es una mezcla de barro y pequeñas piedras. Abro la bolsa de cuero y saco el dibujo que Eric hizo para mí. Camino hacia la boca de la derecha donde está ese agujero espantoso que cae hacia un pequeño abismo por una pendiente llena de barro gris. El primer murciélago me ataca nada mas comienzo a descender. Su terrible cara, como la de un ratón gigante, pero más deforme, me roza, y con un movimiento rápido de la antorcha consigo ahuyentarlo. Durante algunos minutos el miedo paraliza mi columna y pienso que nunca alcanzaré la bóveda que estoy buscando. La saliva desaparece de mi boca y el temblor aparece en mis piernas de nuevo. Desciendo algunos metros más y después de volver a mirar el dibujo de la cueva giro hacia la izquierda. El silencio es ya silencio y el aire espeso. Encuentro algunos huesos humanos esparcidos por el suelo y esta visión impide que la saliva vuelva a mi boca. Como si estuvieran vivos evito pisarlos y tengo unas ganas terribles de salir en busca de la luz y del aire fresco del exterior. Pero no puedo hacerlo. Si no llego a la bóveda, la maldición que aniquila a mi familia durante dos siglos, acabará con los que aún vivimos. El segundo ataque se produjo enseguida y esta vez eran dos. A uno lo corte la cabeza con la espada y al otro lo asusté con la antorcha. Las fieras y el fuego… mal asunto. Continúo, pues según el dibujo de Eric me encuentro muy cerca, a unos veinte o treinta metros de donde estoy. Cuando la antorcha pierde fuego me caigo entre dos piedras y noto un gran dolor en mi pierna derecha. El hueso se astilla por debajo de la rodilla y el grito que sale de mi garganta recorre el silencio de la cueva. La llama de la antorcha se extingue poco a poco y los recuerdos pasan deprisa por mi cabeza. Trato de levantarme y el dolor me deja al borde del desmayo. Me incorporo apoyándome en la pared y levanto lo que queda de antorcha viendo venir de nuevo a los murciélagos. Palpo el suelo pero no consigo recuperar la espada. Ahora son seis o más y el olor de mi sangre parece que los tiene muy excitados. Sujeto la antorcha mientras saco el puñal del correaje donde lo tengo sujeto y al primero en llegar lo ensarto como puedo y el segundo consigue llegar a mi cuello. Mientras, los chillidos de los otros… Suena el despertador. Bajo los pies de la cama y los meto dentro de mis viejas zapatillas rojas. Me levanto y abro la ventana de la habitación donde duermo. La ventana desde donde se columpian mis sueños. Otra vez. Otro día. ¿Despierto?

Tags: cuentos

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19 Noviembre 2006

"Palabras" de Pedro A. Martín Ramos

Agua, viento, lo propone el laúd, inconcluso, paraguas, libro, luz, agonía, latido, sol, árbol, riachuelo, cine, paranoia, rotulador, febrero, lapicero, vaso, moneda, lo dice el péndulo, llanto, violencia, barco, carabela, noticia, coche, lo arrincona la noche, periódico, llanto, león, lenteja, avión, tela, parpadeo, prohibido, carcamal, enchufe, piedra, lo usa el río, cigarro, mina, pluma, jirafa, pararrayo, cereza, el tiempo es una calma artesanal, cerebro, ampliadora, lengua, guagua, caricia, hay montones de cielo en la ventana, metrópolis, pasta, rueda, aceite, koala, pincelada, madera, reflejo, anteojo, maremoto, ladrillo, barcaza, botarate, palillo, lavadora, fuego, terremoto, luces que pasan como golondrinas, disco, margarita, espátula, jungla, pampa, desierto, boreal, terraplén, lamer, lentejuela, cariacontecido, tristeza, risa, negro, voces de padrenuestros y de réquiem, pared, guiso, horizonte, nenúfar, noviembre, invierno, cualquiera, otra, acicalado, techo, cueva, cerveza, hay menos tiempo que lugar, cama, besos, cuadro, sofá, espejo, tenedor, gafas, sexo, mano, arrullo, recluso, libertad, poema, cárcel, valle, bicicleta, piedra, pan, no obstante, tela, dibujo, pegamento, monedero, pueblo, hay lugares que duran un minuto, televisión, cuchara, garbanzo, gripe, boca, hombre, lámpara, ventana, ojo, cepillo, pluma, papel, motocicleta, abrigo, colchón, planta, espejo, música, radiador, sartén, bombilla, toalla, manta, demonio, jardín, taza, cuaderno, fotografía, madre, y para cierto tiempo no hay lugar, clavo, silla, arbusto, montaña, vereda, nube, almohada, rayo, sueño, marihuana, vino, escopeta, puerta, cabeza, lo propone el ritual, soberbia, abrazo, lo dice el cardo, cardo, cuerda, collage, paraje, otro, uno, palabra, silencio, pendientes, dependiente, lo dice el faro, acento, desenfreno, manada, parpadeo, elogio, fuente, antena, lagartija, africano, sida, hambruna, rico, lluvia, lo repite el viajero, riada, cortina, cantina, tinaja, jauja, jaula, locura, pasión, onda, ola, lo aprende el nigromante, aire, tempestad, reloj, tapiz, el tiempo es una calma artesanal, domingo, por, la, mañana, el, olvido, está, lleno, de, memoria.

Tags: cuentos

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19 Noviembre 2006

"Boxeo" de Pedro A. Martín Ramos

Los reflejos del agua caída y la única farola de la esquina dejaban ver un poco la calle. Vivo aquí desde que nací y nunca me acostumbré a tanta miseria. Siempre acabo en el mismo lugar. Este barrio de negros es solo para negros. Para negros pobres, que los negros ricos están en la NBA. Negros de hambre y de gospel que alimenta su espíritu. “Aguanta, hermano” nos dicen, pero el pescado rara vez no está podrido. Y cuando no te pegan un tiro eres viejo a los treinta años, desnutrido y sin dientes para masticar la poca comida que encuentras en la basura. Y encima sonado para el resto de tus días. De negro.
Los blancos pagaban por vernos las cejas y las narices rotas y sangrantes. Los tiburones de las apuestas, también blancos, nos vendían los brillos del dinero y de los coños blancos que solo se abren para introducirse nuestros billetes de a cien. Cuando los tienes. Se cierran y se van. “Vuelve a ganar y llámame” o sea, “sangra de nuevo y tráeme tu dinero de negro”.
Así empezó todo cuando aquel blanco me vio pegándome de puñetazos con otro negro menos fuerte que yo. “Tu vales para boxear” dijo, y ya estaba en aquel sucio gimnasio. El tipo, el “entrenador”, no me enseñó a mover los pies como había visto a Clay o a Foreman. No. Me enseñó a romper las caras hasta dejar salir la sangre a borbotones del que me ponían delante. A machacarle los riñones y el alma, si podía, a cualquier infeliz como yo.
Gané algo de dinero que enseguida gasté en putas caras o baratas. En Velmas con el pelo teñido de oro. En alcohol y cocaína, en algún hostal pestilente de la 47 con la 118. Y aquel 12 de Junio, en Las Vegas, me dejaron sonado. Vi la lona en el tercero y mi cerebro ya no fue cerebro. Noté como se encogía cuando me golpeó, y cómo ya no recuperó el mismo sitio. Aquel tipo, también negro, era una mula pegando. Me metió la izquierda varias veces al hígado mientras alguna derecha me trabajaba la ceja opuesta. El último me lo dio en la boca y me tumbó. Ya no fui el mismo. Perdí el conocimiento y en la lejanía oí como contaban hasta diez.
No volví a mover la parte derecha de la cara y me quedé con lo que veía por este otro ojo que aún se mantiene abierto con la esperanza, algún día, de ver mas allá de este callejón lleno de muertos que no saben que lo están.
“Todo en el boxeo está al revés” me dijeron. Tarde lo comprendí. “Sangra, puto negro, pagamos por tu sangre”. Por toda.

Tags: cuentos

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