Categoría: María Toledano
27 Agosto 2007
A Gemma, que me regaló un mapa de otra ciudad
La ciudad dormida evapora su lenguaje
Lezama Lima
Con los primeros calores del día, agosto madrileño, llamaron con insistencia a la puerta. Era mi nieta Lola. Con una sonrisa que hubiera iluminado el infierno, ombligo al aire y gafas oscuras me dijo que fuera haciendo la maleta. Dentro de cuatro días nos íbamos a La Habana. La vejez conlleva, amén de otros detalles que omito por decoro, obediencia debida. Protesté, por aquello de la forma, y cuando quise darme cuenta bebía zumo de naranja, ay, en un vuelo con destino al aeropuerto José Martí. Volvía a la isla, Hasta la victoria, siempre, y mis recuerdos saltaban de un año a otro descontrolados: las palomas en el hombro de Fidel, el azúcar, la tonelada a precio de lo que fuera menester, aquellos misiles, la despedida del Che, el socialismo cubano con sus matices ideológicos y recodos teóricos, la virgen del Cobre y la dolarización del demonio, el tacto áspero del Granma, la lucha internacionalista en Angola y ahora en Venezuela, una reunión en Topes de Collantes, años setenta, el 26 de julio de 1973 (una historia que no viene a cuento), los avances farmacológicos y el llamado “período especial”, es decir, la violenta crisis económica, un eufemismo, que recorrió la isla, de Santiago a Pinar del Río, tras la caída de la URSS. Lola, a mi lado, leía La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y en la mochila, asomando discreto, junto al autista Ipod, lucía una vieja edición -regalo mío- del clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, impreso en La Habana, 1963 (Año de la Organización), por el Consejo Nacional de Cultura con una elegante introducción de Bronislaw Malinowski fechada en Yale, julio 1940. Los libros, igual que los viejos, también viajan por obligación.
La ciudad nos recibió abierta en canal de agua, partida en dos por una de las primeras tormentas de la temporada, con los comercios iluminados, su gentío y el agitado tráfico de la tarde. Reconocí algunas avenidas exteriores recién asfaltadas, las casas de Boyeros y el olor a tierra mojada; los renovados hoteles de Prado y la ocre intensidad de la luz. Caía la tarde. Para mí, setenta y ocho cumplidos, estar de nuevo en La Habana, respirar su penetrante humedad y fumar un pitillo sentada en cualquier café, significa rejuvenecer treinta años. O más. Imagino que hay que ser comunista, o lo que seamos ahora, para entender esto. En fin. Ocupamos el hotel y salimos a la calle. Neptuno con Parque Central. La mirada de Lola, como su pequeña cámara digital, era carnívora. Quería devorar todo, captar la vida en marcha, la que fluye por las esquinas y las puertas entornadas, experimentar en un instante el aire moderno del socialismo caribeño del que tanto ha oído hablar, empaparse de todo. Recordé mi primer viaje, finales de mayo de 1961, pocas semanas después del desembarco de Playa Girón y de que Fidel proclamara, con solemnidad revolucionaria, aquel Primero de mayo, que Cuba era “una república socialista”. Con la edad te vuelves sentimental, me dije. Lola, a mi espalda, ya estaba hablando con un par de jóvenes. Crucé sin mirar pensando, ignoro la razón, en Regis Debray y Bolivia. Casi me atropella un flamante coche coreano, matrícula amarilla. Hay que joderse con el socialismo automovilístico.
Harta de defender durante décadas la causa única y valiente del socialismo cubano, de la Revolución, del hombre nuevo que no ha llegado del todo o que llega tropezando por Centro Habana con una javita, un socialismo real, diferente al soviético, radicalmente humano, ajeno a los bolcheviques y al PCUS, que se levanta sólo, orgulloso y mambí, con sus innegables progresos y contradicciones, con su bloqueo y su níquel, su escasa mortalidad infantil, su elevado nivel de educación y sus Vampiros en La Habana, ahora -hace ya una larga temporada- me he vuelto chavista. A la vejez, viruelas. Cubana y chavista. Un país, dos banderas. Le cuento esto a Lola -aportando datos sobre la mejora del consumo energético per capita- sentada en un banco de la Plaza de Armas, los libreros están recogiendo la mercancía del turista, y me mira con dulce resignación. Agüe -dice descarada, sin dejar de recorrer cada palmo con ojos posesivos- descansa un poco. Niña -respondo- otra falta de respeto así y te fusilamos al alba. Me gusta usar el plural revolucionario (serán reminiscencias estalinistas) y paladear la proximidad emocional que concede la semántica. Se ríe y me saca una foto con un cigarrillo en la boca. O el socialismo conlleva alegría de vivir o no es socialismo, pienso. Marx estaría de acuerdo.
Cenamos algo, frijoles con arroz, pollo y fruta, paseamos hasta la Rampa por el Malecón, cerrado al tráfico por causa de carnaval -nos quedamos un rato mirando las carrozas- y regresamos en taxi al hotel. Hace sólo unas horas que estamos en La Habana y ya siento algo parecido al bienestar. Dirán que exagero y tendrán razón. Hace un par de años unos jóvenes venezolanos del Frente Francisco de Miranda me regalaron en Caracas una camiseta cuya leyenda dice: Yo me declaro socialista, ¿y qué? Ya en la habitación charlamos y hacemos planes para el día siguiente. Iremos a primera hora a la Plaza de la Revolución y luego veremos. ¿Te parece bien? Cómo explicarle a mi nieta, en dos palabras, que en esta ciudad acepto cualquier idea razonable. Sentirse cubana, como me siento, y ser europea (es un decir, siendo española) es fácil -reflexiono-, lo duro, pese a todo, es ser cubana en Cuba. Antes de dormirme me asaltan dudas (razonables) sobre el desarrollo (¿necesario?) del turismo, la utilidad de la doble moneda (el peso convertible y el otro) y la precariedad del transporte colectivo y me acuerdo de España, allá por los años 60 y 70, cuando nuestra floreciente industria era la misma. Leo un cuento de Hemingway (que paseaba por el franquismo taurino como si tal cosa). Al instante me desvelo. Fumo apoyada en la ventana. La bulliciosa metrópoli se va apagando. Pongo TeleSur sin voz. Son las doce y media. Sospecho que la noche será larga. Lola duerme cansada y feliz. El aire acondicionado entona su cansina sinfonía de hierro y plástico. Venceremos.
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8 Mayo 2007
Rancias damas del Auxilio Social -repartidoras de aceite de ricino y cortes de pelo- y falangistas valerosos, repeinados como su señorito, asesinos de la Santa Cruzada, por el imperio hacia Dios, España siempre una, grande y libre (liberada); los militares de baja graduación, ascensos y galones por méritos de guerra, brillantes correajes y fijador, recorrían los pueblos intimidando a la gente, a las mujeres jóvenes; viudas con estanco, la esencia del régimen, el gallardo moño arribaespaña y docenas de profesores universitarios de derecho, latín, historia, química orgánica, geografía, matemáticas o lengua sin bachiller ni conocimiento alguno vestidos de camisa azul, pantalón blanco o negro, el yugo y las flechas en la solapa y en los edificios oficiales; intelectuales aprovechados, vividores y miserables -algunos hoy, desde la socialdemocracia, reivindican (sic) su aportación al proceso constitucional de 1978- que se pasaron media vida alabando la guerra contra los rojos, Franco estratega y hombre de paz, César visionario, para luego girar al sol de la nueva prebenda; sus nombres escuecen todavía en el recuerdo: Pedro Descargo de conciencia Laín, Tovar, Ridruejo, Sánchez Mazas, Panero, Rosales y tantos otros; mientras estos arribistas hacían pasillo en busca de embajadas y cátedras, dinero fácil para sus publicaciones de mierda y laudatios, el miedo de los huérfanos, sus padres muertos o encarcelados, se extendía por los colegios, media-pensión para los pobres, pavor en los orfanatos, bajo la atenta mirada de la Sección Femenina, Pilarín -la hermana del Ausente- y las suyas, monjas-alférez de la España nueva, expresión real -tocada de fervor místico y juegos sexuales de cilicio- de la violencia gris, ruin y zafia de la dictadura fascista, franquista, nacional-católica. Poco importa su denominación pese a que la teoría política y el revisionismo de academias de cartón quieran hacer bandera en congresos y ponencias de estas disquisiciones. Muchos diputados de la CEDA ya eran, antes de 1933, fascistas y protomátires. El hambre y las enfermedades, los robos cotidianos, humillaciones, sabañones y la imposibilidad de mirar a los ojos, de frente, no fuera que apareciera algún reproche que acarreara castigo. Recuerdo cómo a algunas mujeres les hacían limpiar los suelos de las cárceles, de los colegios y las iglesias con la bandera tricolor. Aquello era la representación diaria, Las criadas, del terror, el terror de estado, el terror institucional. Después de la guerra, que fue dura, vino una piorrea eterna, casi cuarenta años, casi cuarenta años de infección que pesan sobre la espalda de un pueblo como cuarenta infiernos, cuarenta círculos de odio. Muchas obras han reflejado el drama español, esta eterna velada de Benicarló de niños yunteros; pocos, en realidad, con el acierto semántico y la singularidad expresiva, la fuerza narrativa y la riqueza de sórdidos matices de las historietas de Carlos Giménez y su Paracuellos, que reedita ahora -un magnífico volumen con el título Todo Paracuellos, reivindicativo prólogo de Juan Marsé- la editorial Debolsillo.
Niños con las rodillas raspadas de jugar, de correr por los patios gélidos de Castilla, siempre hacía frío, escapando de sí mismos, de las lecciones de salvaje machismo de los falangistas y del vicio sordo (y sucio) de las administradoras, legionarias, de la Sección; los niños y los inexistentes brazos de sus madres, no siempre había visita, los rostros sorprendidos de bofetadas; niños cuya única ilusión consistía en chupar y pasar al compañero un mendrugo de pan o una galleta o un trozo de membrillo o una sonrisa o una lágrima, abandonados y solos, muchos pasaron de la infancia a la adolescencia bajo el manto del Auxilio Social, palizas en lugar de merienda; Paracuellos, metáfora de la niñez de un pueblo, huella del drama español e historia común. Aquellos barros traen lodos tan increíbles como, por ejemplo y sin que nadie se extrañe, la presencia en el Senado de Manuel Fraga, ministro de Franco en los sesenta, por destacar sólo un caso. ¿Se imaginan que un colaborador de Hitler, uno de sus ministros, hubiera sido diputado en el parlamento alemán? España debe ser diferente, decía el lema de los Paradores Nacionales, de tan agradable recuerdo para este atroz funcionario.
En el siglo XXI se habla mucho de terrorismo. Estará de moda y dará juego a la estrategia del capitalismo. Pero nadie recuerda -nadie quiere recordar- un régimen, jaleado por la iglesia católica, de terror abierto y declarado como el que destruyó la esperanza de modernidad surgida de las elecciones de febrero de 1936. Se vivía en el desmán permanente, sostienen los herederos de la victoria, y el ejército nacional trajo la paz. El olvido que la fórmula de la transición consagró acarrea muchas consecuencias. Este desconocimiento de la historia común es la principal causa de nuestra extraña forma de vivir y de votar, una ignorancia amplia y profunda, que inunda, rayo que no cesa, la identidad de una sociedad que se pretende libre (una ilusión más del consumo). En ese oscurantismo anida el germen de la mentira y la manipulación. En ocasiones, un libro se hace necesario, un aldabonazo seco en la memoria, y ayuda a recordar de dónde venimos y quiénes somos, qué ocurrió. Este es el caso del minucioso trabajo de introspección e historia -dramático dibujo y texto sobrio- de Todo Paracuellos de Carlos Giménez.
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15 Abril 2007
El PSOE está triste y algo alicaído, encerrado en su pequeña Moncloa de barro y estadísticas de terciopelo. Nadie le ha invitado a la algarabía que está montando el PP, también llamados Populares, por las sedientas tierras de España. Cada mañana, al ritmo marcial de la COPE y los necios tirantes de El Mundo, aprietan sus correajes de espanto, se esculpen el perfil de gomina, ajustan el refajo y se lanzan al circo máximo con un nuevo espectáculo, luz y sonido, el acontecimiento del día. Vive la derecha nacional-católica, quizá sin saberlo, en la más absurda cultura de la posmodernidad líquida, de lo liviano y sutil, de la nada que nadea, recreándose en titulares efímeros y declaraciones en fa mayor que no perduran más de veinticuatro horas. Esfuerzo baldío, tierra baldía. La ruptura de España está al caer, anuncian sin despeinarse, se ve ya la grieta por Burgos y Navarra, del mismo modo que se separaba la península ibérica de Europa en aquella novela de Saramago; la educación pública, vociferan, está en manos de rojos, masones y demás ralea pedagógica (pese a que florezcan los colegios de ideario y crucifijo que educan en valores eternos), y los inversores extranjeros escapan ante los graves momentos de inestabilidad. La gran banca oye estas campanas de sacristía y sonríe con descaro de dividendo mientras cruza por la pasarela Cibeles de sus beneficios. Mientras esto acontece sin remedio ni tregua, el personal -ajeno, en su mayoría, al trivial espectáculo- prepara la excursión de semana santa y los puentes de mayo. El electorado es así. El sensible gobierno de la izquierda -las palabras, privatizadas, han cambiado de significado- luce palmito altanero -dama antigua recién ofendida-, un No a la guerra en la solapa (será por Afganistán) y acusa al PP, también llamados Populares, de crear un clima permanente de crispación. Lo que importa, parece ser, es el clima, el ambiente. Utilizamos las palabras con total impunidad e indiferencia, como el que contempla las maletas del prójimo -incluso la propia- en una cinta transportadora. Carpe diem.
Es norma y facultad de los gobiernos -dice la mercadotecnia inventada en EE.UU., años 50- marcar la agenda política. Para eso tienen el poder y tocan las cuerdas que mejor suenan. En la actualidad, y pese a las constantes y cansinas apariciones del secretario de organización del PSOE, el ministrín Blanco, el gobierno ha perdido la iniciativa política y camina, arrastrándose, por la senda empedrada que marca la derecha montaraz. Desde Felipe II hasta hoy, sin exagerar, la agenda, es decir, qué hay que hacer y cuándo, siempre la ha marcado la derecha, todas las derechas. González, el atento alabardero de Polanco y ocasional joyero, habla de ambiente prebélico. Polanco, ex de Barreiros, declara que la derecha actual le recuerda al franquismo por el uso y abuso de la bandera. Tiene razón, él conoció bien el régimen. En aquella época labró su fortuna de papel. Rodríguez Zapatero, efecto under dog, el chico bueno apaleado, tiene suerte. Polanco ha pasado de discreto enemigo a coyuntural aliado en el tiempo que dura un consejo de administración. La actual guerra santa (católica), una verdadera yihad económica entre familias y posiciones de clase, está produciendo desgarros intestinales entre las elites. Andan de Opa´s. El PSOE está triste igual que su candidato madrileño a la alcaldía y los llamados Populares (el somatén y sus aliados) buscan todavía explicaciones a su inesperada salida del gobierno tras las bombas de Atocha. El que no corre vuela. Los estrategas del PSOE siguen confiando en la vieja máxima cuanto peor, mejor; los adalides del PP, bronceado y zumo de naranja, anuncian buenos resultados electorales gracias al desgaste gubernamental. A uno y a otros, teóricos de la nada y la sociología electoral, hacedores de lluvia ácida y cálculos porcentuales de intención de voto, quisiera yo haberlos visto en Stalingrado.
En El PP están de fiesta. En Génova, al caer la tarde, un redoble de tambores anuncia el orden del día. Al compás de Marcial eres el más grande, Rajoy con montera y capote de paso,esquivando cuchillos, abre las reuniones.
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23 Marzo 2007
Como el vino de Jerez y el vinillo de Rioja,
son los colores que tiene la banderita española
Las corsarias, Pasodoble de la bandera
Eterna, sempiterna y neoeterna, el pulcro estandarte rojigualda de la humillación y la victoria, de los cortes de pelo y el aceite de ricino, reaparece impulsado tanto por necesidad estratégica como por necedad ideológica. Necesidad de recordar su cercano origen y leyenda, los tercios de Flandes y el abuelo que era procurador, la tía soltera con sus tapetes de ganchillo -ahora single proactiva de crucero por el Mediterráneo- y los periódicos con grapa (en la actualidad El Mundo cumple la función/misión santa); se trata, según el think tank del PP, esos pensadores de la nada y gaviota -pájaro de la basura- que se reúnen en Génova a la hora de maitines (hasta el nombre clave desconfianza) de aglutinar a los suyos -cerrar filas, escuadrones leales- dispersos entre tanta algarabía consumista, segundas y terceras residencias, playas de Levante, paellas, televisión basura, sangría con denominación de origen y golf. El medio, decían, es el mensaje y el mensaje es frío, gélido, aterrador. También producen escalofríos las artes escénicas del PSOE, jugando -sin decirlo- a que la declarada reacción españolísima concentrará el voto en su programa electoral. Están jugando con fuego, un fuego falso de chimenea y salón-comedor que puede reavivar el verdadero rescoldo cristofascista que anda por ahí. La política de la bandera, de sábado de romería y peluqueros reconvertidos en estrellas mediáticas, de la exhibición y los fueros navarros (vuelve el siglo XIX) consiste en ordenar -según su cartografía de crucifijo y correajes- el espacio de lo público, delimitar los movimientos morales del personal, marcar las fronteras, volver a las tertulias de casino y cretona (ahora radiofónicas), merendar picatostes con chocolate en los cafés, cantar montañas nevadas y agitar. El ciclo del capitalismo y la política económica española -la misma desde el Plan de Estabilización de 1959- favorece, en este caso, al partido en el poder. El ciclo es el mensaje. El CIS dice que la gente vive bien. Sería curioso analizar con detalle la muestra y las preguntas. A Alfonso Guerra, poeta y prosista, Fouché de sacristía, le gustaba -illo tempore- jugar con los datos y las encuestas. Eran otros tiempos.
Llevaban la banderita en el reloj, en los pasadores del pelo y se sentían, son, patriotas. Defensores de la Fe, de la tradición, de todos los valores posibles y los inexistentes. Totus tuus. Ahora, renacen o reaparecen, salen de las catacumbas, Con flores a María (gran novela del olvidado Alfonso Grosso), de los consejos de administración y las porterías, de los ministerios, las oficinas bancarias y las fincas. España eterna, neoeterna y sempiterna. Son los mismos, pasean por las manifestaciones con sus banderitas, la calle siempre fue suya, sus mástiles y sus heladoras sonrisas. Sólo por edad -incluso los jóvenes- yo los hacía a todos muertos y sin embargo aquí están, como si nada, como si alguna vez se hubieran ido, con sus voces y su desprecio. Creen que Rodríguez Zapatero es un rojo. Y aunque sus mentores no lo crean, les da igual. Ellos, enhiestos, pasean todavía sus inexistentes galones de alférez provisional, las oposiciones y las pasantías en los despachos; ellas, delicadas y coquetas, sus licenciaturas en farmacia, en comunicación audiovisual o marketing, el polvoriento piano arrinconado, los aperitivos en el Club de Campo y su ardor guerrero de falda tableada y amante por las calles más elegantes de las ciudades, de todas las provincias de su España, de las villas, concejos y capitales imperiales. Ganaron la guerra, ganaron la posguerra, ganaron el silencio y el miedo, ganaron la transición con la complicidad (traición histórica) de las fuerzas de la izquierda antifranquista -nunca el PSOE, manos blancas no ofenden- y ganaron la paz de los cementerios civiles y militares. Llevan ganando desde el siglo XVI, desde el oro americano, desde que construyeron un estado nacional-católico a imagen y semejanza de sus vírgenes y dioses de barro y cepillo. La iglesia unificó -bajo palio y terror- el territorio sagrado y hoy, siglos después, sigue unificando el sentimiento de lo español, eso tan español, lo españolazo, la bandera, los colegios y unas tapas. Su aguerrido movimiento, el PP y la COPE de vanguardia consciente, capote de paseo, fajín y guirnalda, fallas de Valencia, barrera del siete, feria de abril, señoritos de vermút, apolíticos de varia especie, vestigios, fósiles y alienados, corta la respiración. Agitan la rojigualda al viento del desconcierto, Joseantoniopresente, Francopresente, Aznarpresente, como si la izquierda -una simbólica derrota más- no hubiera aceptado ya la enseña franquista (aunque tenga otro origen) en 1975, o en 1977, sábado 9 de abril, sábado de gloria, cuando legalizaron al PCE (y el PCE se “dejó” legalizar) y aquello fue una nueva y definitiva rendición. La agresión está en los colores. En sus malditos colores.
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20 Marzo 2007
La alegría es el paso del hombre de una menor a una mayor
perfección.
Spinoza, Ética, III, def., II
La segunda vez se encontraron en casa de Rui Lopes en la Rua do Carmo. Era un piso oscuro y recargado. Salas contiguas decoradas con cortinas de cretona y muebles de otra época, máscaras africanas, una colección de elefantes con la trompa hacia arriba, fotografías teñidas de recuerdos, sofás desvencijados y sillas forradas de tela, miles de libros desordenados, algún vaso sucio junto a un tratado de derecho administrativo, porcelanas de China y tejidas telarañas. En el salón principal, una habitación inmensa con cuatro balcones a la calle cuyo suelo crujía pese a las tupidas alfombras orientales, sobre la chimenea, colgaba un frío retrato de una mujer. Desde que enviudó, seis años atrás, la casa perdía lustre pese la dedicación de Suria, una caboverdiana octogenaria que trataba al catedrático como si fuera un hijo. Suria llevaba más de cincuenta años al cuidado de la intendencia doméstica.
El viejo, un hombre nacido para la conspiración y el protocolo -es lo único que nos queda, repetía, si el poder es sólo una posibilidad- había convocado una reunión de amigos con fin de eliminar ciertos malentendidos que circulaban entre los grupos más importantes de la oposición. Pequeñas diferencias sin importancia, explicaba sin dejar de sonreír, matices, cuestiones formales que quedarán solucionadas ante un vaso de vino. Con suma discreción, en unos casos a través de intermediarios o gracias a sus variadas relaciones, reunió una docena de personas aquel sábado por la tarde. Nazario Pinto llegó puntual, quizá un par de minutos tarde. Llamó al timbre dos veces. El sonido le sobresaltó. Era estridente, quizá demasiado agudo. Cerró los ojos y respiró hondo. Los goznes de la puerta giraron. Es un placer recibirle, amigo Ribeiro, saludó Rui Lopes. Pase, pase. Creo que ya conoce la casa y a la mayoría de los presentes. En ese instante, Encarnación entró en el salón por una puerta lateral que daba paso a las habitaciones interiores con un par de carpetas de papeles, un pitillo en la boca y un largo vestido negro. Parecía cansada, con las gafas en equilibrio sobre la punta de su nariz. Querida amiga, ¿recuerdas a nuestro amigo Ribeiro? Claro, respondió mientras le tendía la mano. Le escuché hace un mes en... Sí, atajó, una intervención, como usted misma dijo, interesante. Encarnación bajó la vista y sonrió con ironía. Me alegro de verla, apostilló Nazario. Yo también me alegro, señor Ruibarbo. Cuando Nazario quiso reaccionar ella ya le había dado la espalda.
Tomaron asiento alrededor de una mesa oval. Salvo los comentarios de un abogado, el único que llegó un cuarto de hora tarde, uno de esos burgueses que tanto daño habían causado al país con su silencio, pensó Nazario, y cuyas intervenciones sólo causaron irritación entre los asistentes debido a la absurda pretensión -una propuesta rechazada por unanimidad- de informar al descendiente de la monarquía española en el exilio del estado de la situación, el encuentro concluyó de forma satisfactoria. Los presentes, tras más de dos horas de intensas discusiones conducidas con astucia por el anfitrión, se estrecharon las manos. A eso de las nueve de la noche los invitados comenzaron a marcharse poco a poco dejando un lapso de tiempo prudencial entre ellos. Nazario se quedó rezagado sin darse cuenta, ensimismado, contemplando las estanterías. Sorprendido al ser el último en salir -Encarnación doblaba un plano de la ciudad al fondo del salón- se levantó impulsado por un resorte. Quédese a cenar, dijo Rui Lopes. Y tú también, Encarnación, querida. Creo que Suria tiene algo preparado. No acepto excusas, Ribeiro. Es descortés contrariar a un viejo hospitalario. El anfitrión parecía inquieto. Para animar la cena recurrió a anécdotas de su carrera profesional, los exámenes de la cátedra y sus primeros dictámenes oficiales, su fugaz paso por el ministerio de educación como director general, los felices tiempos de agregado cultural. Tras varios vasos de vino, recordó a su mujer, Luisa, y la soledad que sentía encerrado entre recuerdos. Había servido al régimen con lealtad y distancia en puestos menores, como acostumbraba a decir, y ahora, cuando la situación política era insoportable incluso para su cínica sensibilidad social, se mostraba crítico con el gobierno en artículos y conferencias. Parecía que estuviera dictando su necrológica, dejando constancia de quién era para la memoria de los presentes. Sin ser un destacado opositor, Rui vivía bajo vigilancia. Un discreto control policial que le hacía sentirse, todavía, importante. Encarnación miraba al invitado con curiosidad, una curiosidad que, a medida que la cena avanzaba, se volvía insistente. El capitán Pinto se mantuvo en silencio. Le dolía la cabeza. Comieron arroz con verduras y un pescado que Nazario no consiguió reconocer. A los postres, un surtido de la mejor repostería lisboeta, Encarnación y Rui tomaron café y una larga copa de coñac. Nazario, café solo y agua. Unas campanadas lejanas anunciaron las doce. Nazario se puso de pié. Agradeció la cena y susurró una excusa para marcharse. Mañana tengo un día duro. Estupenda velada, sonrió Rui, permítame que le acompañe hasta la puerta. Encarnación recogió el bolso, se puso el abrigo y abrazó al viejo con cariño. Mañana hablamos, profesor. Seguro que a nuestro amigo Ribeiro no le molestará acompañarme unos metros. Será un placer, murmuró.
Encarnación no era una chica feliz aunque hiciera constantes esfuerzos por serlo. El monótono trabajo con los alumnos, rodeada de rancias damas de rosario y falda tableada, no le satisfacía. Una vida en blanco y negro, sin contrastes ni requiebros. Obligada a mentir sin tregua, llevaba una triste doble vida. En el colegio no conocían sus relaciones ni las afinidades con una parte del movimiento opositor. Eso hubiera significado una denuncia, el despido. Nos llevan a la ruina, explicaba sor Angustias, la subdirectora. Mano dura o esta gentuza acabará con este católico país.
El árido libro sobre España estaba estancado -hacía varios meses que carecía de ilusión para seguir- y su círculo de amistades era escaso. Había tenido un novio varios años pero nunca se plantearon casarse. Él no quería tener niños y quizá tampoco la quería como a ella le hubiera gustado. Encarnación era una chica difícil, inteligente e insegura. Desde hacía un par de años frecuentaba la casa de Rui. Se hacían compañía. Hablaban de libros, de la soledad, de la estructura económica portuguesa y del desarrollo del territorio. Charlaban de todo y bebían coñac.
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26 Febrero 2007
"El alma no se conoce a sí misma sino en cuanto percibe las ideas de las afecciones del cuerpo"
Spinoza, Ética, II, prop. XXIII
La mesa estaba desordenada. Copias de informes, dos ceniceros, varias tazas de café, libros abiertos, recortes de periódicos, viejas revistas y un grueso cuaderno negro. Como cualquier otro oficial con un destino burocrático, pasaba muchas horas encerrado en su despacho. No le gustaba el juego, no bebía mucho, casi nada, ni sentía especial interés por demostrar su hombría en los burdeles de la carretera. En realidad, Pinto era una especie de funcionario militar aficionado al café y al tabaco. Acudía al trabajo -como él mismo repetía a sus amigos íntimos-, desarrollaba las tareas y abandonaba el cuartel vestido de civil salvo cuando le tocaba ejercer de oficial de guardia. Esas noches, quitando la reglamentaria ronda de inspección de los puestos de vigilancia, no salía de su cuarto. Nazario Pinto no era bien visto por sus superiores que, sin embargo -siendo hijo de quien era- no tenían más remedio que aceptar la situación: compartir mesa y actividad con un oficial sospechoso, demasiado preocupado por adecentar la biblioteca del cuartel. Desde que entró en la academia -por imperativo familiar- no había mostrado interés alguno por las materias impartidas ni, una vez alcanzado el grado de teniente, había solicitado un curso de perfeccionamiento o capacitación. Huía del ejercicio físico y se mostraba reacio a las maniobras. Era, como le advertía el coronel con una palmada en la espalda, una anomalía militar. Gomes Luso había servido, con orgullo -repetía- bajo el mando de su padre.
Nazario no estaba enamorado de su mujer, quizá nunca lo estuvo. Ni siquiera la quería. Se había casado al enterarse de que estaba embarazada y, pese a que Ana Patricia perdió el futuro niño montando a caballo en un accidente cuya premeditación no escapó a su desconfianza, no dijo nada. Para qué. Ella nunca sintió interés por él. Una vez roto el anterior compromiso matrimonial con un joven y rico aristócrata que apareció borracho y desnudo -drogado dijeron algunas lenguas- en la playa de Estoril tras una fiesta, su posición exigía una boda rápida. Era urgente acallar los rumores. El revuelo que causó la ruptura del noviazgo -una sorpresa- fue todo un acontecimiento social. Aurelio Baraga de Vasconcelos, el padre del novio, no consideraba que Ana Patricia, por guapa y seductora que fuera -decorativa y frígida, decía en el bar del club náutico-, por mucho dinero que tuviera su padre, un constructor enriquecido con la especulación inmobiliaria y las concesiones públicas, pudiera ser una esposa digna de su hijo. Recapacita y piensa con frialdad, hija, animó su madre, que el matrimonio es asunto capital y tú no eres ya una niña. Nazario Pinto es hijo del general Nazario de Aveiro, aquel señor con perrilla gris que conociste en casa de los Mora Lima, y parece buen chico, insistió. No tiene novia y no se le conocen vicios. Ya sé que parece un hombre reservado y tampoco su paga es elevada, pero estoy segura de que ascenderá pronto y no te dará demasiados problemas. Además, continuó, será un buen padre. Un rápido noviazgo, alentado por el interés común de ambas familias, dio paso a una boda con doscientos invitados y una tarta de color rosa. Nazario, casi sin darse cuenta, terminó casado y con un destino en África.
Cerró un grueso tomo encuadernado en piel azul y lo colocó a su izquierda, junto al ejemplar del Diário de Notícias. Pidió un café a su asistente Monteiro y descolgó de nuevo el teléfono. Marcó el número de Encarnación. No contestaba. Eran las nueve menos cinco.
Margarida Ferreira.
Rua Nova, 8
Barcelos
Querida Margarida:
Espero que cuando llegue esta carta te encuentres bien, así como toda tu familia. Yo por aquí no me puedo quejar. La herida que me hice en la pierna, cuando me caí en una zanja haciendo prácticas de asalto en campo abierto, está cicatrizando. Los oficiales me tratan bastante bien, tengo buenos amigos y la comida, una vez que te acostumbras a la grasa de los cocineros de por aquí, no es tan mala como dicen. Me dijo tu hermana Antonia que no querías ponerte al teléfono y por eso no te he llamado más. Para no molestar. Te escribo aunque no sé si te llegará la carta. Espero que sí. Esta buena letra no es mía, que más quisiera yo, es de mi amigo el negro Asunçao que tiene la mano firme, escribe recto sin tachones y no pone demasiadas faltas. Él no quería escribir esto pero le he obligado para no engañarte y para que no pensaras que era yo el que escribía. Yo le ayudo con el fusil porque no se le da muy bien armarlo y desarmarlo para comprender cómo es por dentro. El sargento instructor dice que el interior del fusil guarda tantos secretos como el alma de una mujer bonita pero, la verdad, a mí eso me parece una tontería.
Bueno, Margarida, quería decirte que te echo de mucho menos y que me gustaría que todo fuera como antes de que me dejaras. No sé si será posible, pero tenía ganas de decírtelo. Me gustaría que te acordaras de mí, al menos un poco. Me acuerdo mucho de ti. Me acuerdo todos los días, casi todos los minutos del día. No puedo pensar en otra cosa ni siquiera cuando hago ejercicio y acabo agotado y las piernas tiemblan y no me aguantan. Pienso en ti cuando me levanto y cuando me acuesto, y me duermo casi todas las noches agarrado a la almohada. A veces sueño contigo y me da mucha rabia despertar. Me gustaría que el sueño durara todo el tiempo, aunque no despertara más, y ser felices como cuando decías que morirías de pena si me pasaba algo. Me acuerdo mucho también de tu casa y de tu portal, de tu familia y de los árboles que están frente a tu ventana y que tanto te gustan. Llevo puesto el reloj que me regalaste por mi cumpleaños, y guardo en la taquilla, bajo la ropa limpia, las flores secas y las dos piedras bonitas, aquellas blancas y lisas que recogimos una mañana cerca de Ofir, ¿te acuerdas? Tú me decías que eran regalos que el mar enviaba a los enamorados. Yo nunca he sabido decir cosas bonitas, ni a ti ni a nadie, qué más quiera. Cada vez que miro la hora te veo en la esfera blanca. Se ha rayado un poco con el roce del correaje pero funciona bien. Es un reloj muy bueno y lo cuido mucho. Le doy cuerda todas las noches y algunas veces, cuando me entra la pena y me saltan unas lágrimas, le doy un beso. Por aquí me dicen los amigos que tengo que despabilar y que cuando el amor se acaba y la chica te deja pues a otra cosa. Se busca uno otra novia y en paz. Que lo que sobran son mujeres. Igual que la aspirina quita el dolor de cabeza, los médicos deberían inventar una pastilla para que se borraran de la memoria, de repente, los malos recuerdos y las pesadillas. A lo mejor ya te has echado otro novio y eres feliz paseando y bailando con él. En dos semanas tengo tres días de permiso. Ya he sacado el billete para el autocar. Tengo muchas ganas de ver a mi madre y a María. También me gustaría mucho acercarme a tu casa pero no creo que sea una buena idea.
Te quiere como siempre,
Joao
Batallón Duque de Leça do Bailio, 2ª Compañía.
Lisboa a 1 de marzo de 1974
Con un trapo húmedo limpió el polvo del marco, beso la fotografía y la devolvió a su sitio. Después se santiguó tres veces besando con fuerza las yemas de los dedos. Los ojos de Ermelinda recorrieron la habitación y quedaron atrapados en el espejo. Como si quisiera encontrarse, repasó su rostro con atención. Su cara ya no conservaba la lozanía de otras épocas, quizá más felices. Sin saber por qué recordó el día de su boda. Llovía. Comieron en unas largas mesas de madera que trajo un tío de su madre de Braga y rieron. Aquel vestido tan bonito, su peinado, el banquete y las atenciones de Joao. Ese día fue feliz. Le quería con todo su corazón. Ahora tenía los mofletes hundidos, ojeras, un ligero color amarillo y arrugas en la frente. Se podía decir que sus labios habían desaparecido y de la larga melena negra sólo quedaba un moño escondido en un pañuelo. María, su María, tendría otra vida. Un caracol trepaba con esfuerzo por la ventana.
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5 Febrero 2007
“Hablemos claro: para la empresa, Recursos Humanos no es sólo un departamento autónomo con libertad de decisión, como creen algunos ingenuos. Recursos Humanos es nada más y nada menos que una ideología” ("Resolución" de Pierre Mari")
Algunos libros pretenden romper la barrera que separa el mito del capitalismo del logos del capitalismo, como si existiera diferencia formal, como si el discurso -articulado en forma de comunicados, balances y cuentas de resultados- no fuera reflejo del lenguaje dominante, de todos los signos y expresiones posibles, imaginables e inimaginables, incluso de los imposibles; algunos libros pretenden concebir la destrucción de las fortalezas postfordistas, recuperar el pensamiento de la acción concreta, diaria, negar el mito, ser inmunes a los principios que se presentan como cuestiones preliminares o de principio; romper, con cierta mesura y prudencia, es la tarea de algunas obras literarias, Resolución, que hablan del mundo y lo analizan; otras, la mayoría, cuentan historias llenas de enigmas, tramas y metáforas, historias de vida sin vida, historias de ausencias, novelas sobre la concepción general, personajes vacíos, cualquier versión es buena, que someten al lector a la tiranía de los sentimientos y los hechos probados, fijados en el primer capítulo, irrefutables, nueva teoría de los sentimientos morales, Adam Smith y su mano moral invisible, los sentimientos y los hechos -el reflejo de lo que llaman realidad- aparecen deformados en el espejo de un centro comercial o una galería de arte, vienen a ser lo mismo, convertidos a su vez en mercancía, la superstición de la mercancía y el principio de acumulación, al tiempo que los trabajadores -colaboradores, eventuales, discontinuos, asociados- se convierten en números, cifras, cash-flow, activos amortizables y pierden día a día la ilusión del fututo (irrumpen los psicofármacos), pierden la vinculación emocional con la empresa, con su propia actividad; en pocos años se ha pasado del beneficio a medio plazo a la urgencia, el corto plazo y, con la fugacidad de un parpadeo, al cambio de vector y objetivos; la precariedad y las deslocalizaciones han arrastrado a poblaciones enteras a la miseria, y se descontrola el sistema-mundo capitalista, la aceración, de cero a cien en menos de diez segundos, igual que la publicidad de los coches, deja secuelas, se desmonta y resquebraja la estructura, peligra; urge encontrar un remedio, es necesario hallar alguien que cohesione de nuevo la fuerza de trabajo, y para esto llegan los departamentos de recursos humanos, la ideología, antes departamentos de personal, con el jefe y sus manguitos blancos que se ocupaba de las nóminas -el que tuviera- y en lugar de aumentar los salarios y rebajar las expectativas del accionariado montan cursos de capacitación y liderazgo -subvenciones, desgravaciones, formación de personal, mejora del equipos- por hacer algo entretenido, aglutinador, con el fin de compensar la ausencia de territorios de sociabilidad, motivación, las ratas albinas de Skinner, el perro triste de Paulov, el condicionante operante, estímulo-respuesta, todo está en la psicología, individual o de masas, integrar, adaptar, neutralizar: utilizan, si procede, el miedo; llegan los RRHH a modo de cátedra conductista, stultifera navis, cuando el capitalismo quiere consolidar la ruptura del valor del trabajo, la conciencia de clase emanada del trabajo y se presentan con las vestimentas de la unidad, la ideología de la motivación, de la recolocación, de las innovaciones retributivas en forma de bonus, nunca salario, que el beneficio bruto/neto no puede detenerse y los conjuntos accionariales -la sociedad anónima es la construcción más perfecta del capitalismo, Francesco Galgano lo analizó en Las instituciones de la economía capitalista (Fernando Torres editor, 1980)- piden más, y más, y siempre más, más rendimiento con menos recursos, el milagro de los panes y los peces, aquél ya era un jefe de RRHH y hacía juegos de magia con los esenios, repartía comida, stocks-options de paraíso, promesas, el mercado de futuros, presentando sus logros con parábolas, antiguos power-point -la iglesia católica ha utilizado, durante muchos siglos, las fachadas de sus templos a modo de pantalla de televisión- ese ir y venir de cuadros, flechas, gráficos y colores, Disney channel, que tanto impresiona a los directivos, los que recomiendan El arte de la guerra o Shakespeare para ejecutivos, fascinados -la infantilización- por la cibernética portátil, la utilización de las nuevas tecnologías, el eco de la optimización, de cada cual según sus posibilidades, explotadas al máximo, para que el resultado sea el previsto, y en esto llega Resolución de Pierre Mari, editada por Reverso Ediciones, SL, un libro que se asoma al anodino escaparate desde un ático de Barcelona, viene de Actes Sud, escrito en francés y traducido por Assumpta Roura, aparece pertrechado con sus escasas ciento treinta páginas y sus personajes, N., V., C., H. y algunos más, y discuten, no se entienden, se compadecen, hablan de problemas cotidianos conociendo, con precisión de orfebre, los rituales de la mentira, los cuchillos y la tramoya, “Cuando entré en la empresa se mentía y engañaba igual que ahora. Pero no se trata de cantidad, quiero decir que, a pesar de ello, la atmósfera era respirable y actuar era posible. No se acorralaba a los individuos en nombre de un Bien arrollador que no deja alternativa, que los conduce a una desesperanza invisible, muda, sin salida y elevada a Patrimonio de la Humanidad”; el deseo de mayores beneficios y la pérdida de credibilidad de los sindicatos y los partidos de izquierda, maniatados por los oropeles, terminó por destruir el pacto capital-trabajo de los años sesenta, cuando la izquierda tenia fuerza organizativa y potencia para imponer condiciones, cuando ser obrero en la Europa de la socialdemocracia -Francia, RFA, Italia, Suecia, Bélgica, etcétera- era una condición de posibilidad; el neoliberalismo arrasó con ese acuerdo tácito de desarrollo imponiendo el beneficio inmediato, Chicago, sus agudos teóricos monetaristas, Libertad de elegir, Milton Friedman -premio Nobel de 1976- y su banda (su mujer, Rose, Schultz, Coase, Fogel, Lucas y otros), les dieron muchos premios, sirvieron a Reagan y auparon a los neocons, pensaron, hasta el delirio, contra la inflación, contra Keynes y el aumento de la demanda, contra la empresa pública y la seguridad social, contra el socialismo posible; el caso era reducir, abaratar, liberalizar, concebir un espacio flexible, alejado de la rigidez de las leyes reguladoras del estado e imaginaron la esclavitud contemporánea, el capital humano, la semántica y la sociología a su servicio; Gary S. Becker, reflexionó sobre estas variantes económicas, también le dieron un Nobel, en 1992, el año santo de las Olimpiadas de Barcelona, que para eso los premios son suyos y se los dan a quien quieren, ¿ha hecho usted un análisis coste-beneficio antes de tener un hijo? ¿Ha pensado en cuánto le costaría divorciarse para determinar si sigue casado?, el capitalismo llevado hasta la frontera sur de la racionalidad totalitaria, Un mundo feliz, con la eficacia/eficiencia como norma y valor de uso, marco conceptual o paradigma global de impulso, seamos proactivos, sumisos y proactivos, pero cuando la explotación se dispara, se escapa y produce miles de muertos, la guerra preventiva se impone, acción humanitaria, imprescindible, para paliar el desorden, la guerra como continuación de la política empresarial por otros medios; a lomos de camellos, mirra e incienso de Oriente, llegan entonces los (tele)predicadores y las ONG´s dando créditos a bajo interés y cajas de galletas -es falso- para que los pobres compren caramelos o un telar de segunda mano y hagan vestidos para vendérselos a otros, más pobres, y las mercancías sigan circulando, y se mueva, agitado, el capital, Teresa de Calcuta y sus acólitos -¿paso por Chicago?- murió bendecida por el papa polaco y ascendió al cielo, sin transbordos, seguro, y estará sentada a la derecha de dios como Lady Di, por motivos parecidos, por ayudar a los necesitados, dulce caridad, tradición eclesial, seguro que tienen alguna foto juntas; Becker pensaba en su despacho, ¿me costará más tener un hijo varón o mujer?¿Será preciso calcular el coste de las compresas? Resolución es una inteligente novela de tesis (con algún desacierto) sobre la nueva cultura empresarial, sobre la pérdida, el desencanto y la imposible dignidad laboral; ahora todo es cultura y tienen razón, cultura como disfraz, vestimenta, adorno, quizá siempre fue eso, ya que en la sociedad desarticulada, la identidad cultural sirve de bisagra y lo social está atado por los hilos de la mercadotecnia, valores, virtudes, principios; en realidad, se trata de estar dispuesto a todo, no dormir, no vivir, ser para otro, ser-la-empresa, vivir-la-empresa, soñar con la empresa, compañía (Co.), y despertarse asustado porque un informe no está hecho y lo reclaman, siempre exigen algo, mano de obra barata y cualificada, idiomas, capacidad de improvisación, el tiempo; “La ideología de Recursos Humanos que hoy nos domina habla de autonomía, de iniciativa, de mayor responsabilidad, de valores comunes, y con ese piadoso léxico abre el camino muy corto a la angustia, el miedo y la desconfianza.¡Magnífica operación!, bien mirado: cada cual convertido en el mejor explotador de sí mismo, cada uno exigiéndose lo que no aceptaría que otro le impusiera”, esto también se describe con claridad en Resolución, esta idea y muchas otras ajenas, en principio, a la moderna poética de la novela, si acaso existe tal disciplina; en el siglo XIX -el siglo de la burguesía y la lucha de clases- las novelas describían las condiciones de trabajo; el autor, Pierre Mari (1956), era profesor de literatura francesa y lo dejó para dedicarse a dirigir seminarios de formación para empresas, se cuenta en la biografía, sin foto, mejor, para qué, extraña biografía que gira con los tiempos, extraña y sorprendente novela, Resolución, Reveso Ediciones SL, impresa en Molins de Rei, Barcelona.
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1 Febrero 2007
El deseo es la esencia misma del hombre en cuanto es concebida como determinada a hacer algo en virtud de una afección cualquiera que se da en ella.
Spinoza, Ética, III, Def. I
Un motor rugió. Los gorriones, dormidos en los hilos de la luz, levantaron el vuelo. Varios perros ladraron. Llovía. La furgoneta giró la curva y apareció delante de la casa. Ermelinda alisó los volantes del vestido de la niña, repasó su pelo y le dio un beso. María subió con alegría. La mayoría de los niños iba en silencio a esa hora. Saludó al señor Manoel y se acomodó en un asiento delantero. Las autoridades locales, siguiendo normas del Ministerio de Educación, habían acordado el cierre del colegio que quedaba y la concentración en pueblos cercanos. La madre deseaba, imploraba en silencio, que la niña fuera aplicada y estudiara el bachillerato. Aprender era el único camino para que María, su María, no tuviera que ponerse a trabajar tan pronto como sus hijos mayores. Ermelinda, cada mañana, soñaba un futuro diferente. Según el ánimo y las imágenes que se le cruzaran por la cabeza, María aparecía vestida de enfermera, secretaria en una empresa, quizá maestra. Un porvenir, en cualquier caso, fuera del pueblo. Una vida sin resentimiento. Una vida. Llovía en Moure. La furgoneta se alejó. Llovía.
Encendió un cigarrillo. Tenía irritada la garganta y no había dormido. El humo recorrió los pulmones con sensación de cuchillo. Tosió. En la última revisión reglamentaria el comandante médico le había recomendado reposo y dejar el tabaco. Reposar, masculló, y precisamente hoy. No podían fracasar. Estaba en juego el fin de la guerra que la dictadura mantenía en África -Guinea, Cabo Verde, Santo Tomé, Angola y Mozambique- y si todo salía bien -en una segunda fase definitiva, ya se vería la reticencia de la oligarquía- la propiedad de los medios de producción, el desarrollo integral del territorio, la igualdad y la justicia, la estabilidad económica. Sedición, sublevación, insubordinación, desobediencia, indisciplina, alta traición. Esas palabras flotaban en su cabeza cuando abandonó el barracón. Sedición, alta traición. Y la posible venganza, la involución, organizada por la PIDE, la policía creada a imagen y semejanza de la Gestapo, allá por los primeros años cuarenta. El capitán Salgueiro Maia, había sido encargado por la dirección del Movimiento de las Fuerzas Armadas de tomar los puntos neurálgicos de la capital. A él, le habían ordenado el control del puerto. La operación estaba diseñada para neutralizar la cadena de mando. Nazario aspiró con violencia el cigarrillo, tragó el humo, y lo arrojó lejos. El sargento formó la tropa y comentó las incidencias. Ciento cincuenta, mi capitán. Gracias, sargento. Continúe el entrenamiento hasta las nueve. Después, a eso de las nueve y media, los quiero aquí de nuevo, bien aseados, con el arma reglamentaria y munición. Eso es todo, sargento. A sus órdenes. ¡Compañía, descanso! Los soldados, que habían permanecido firmes mientras el capitán Pinto y el sargento despachaban en voz baja, adoptaron una posición relajada. Joao, por hacer algo, miró la hora. Faltaban unos minutos para las siete y cuarto. El reloj se lo había regalado Margarida.
Un crucifijo presidía el dormitorio. La cama deshecha sólo por un lado; una colcha blanca, limpia. En la mesilla de noche, sobre un tapete de ganchillo, un vaso con una leyenda grabada en letras doradas: Recuerdo de Lisboa. Joao, su marido, no había dormido en casa. En realidad hacía muchas noches que no aparecía. Trabajaba en la construcción y, en esa época del año, andaba con su cuadrilla terminando unos apartamentos en la costa. Cuando no era una faena era otra. Cada vez pasaba menos tiempo en casa. Había abandonado hasta la huerta, con la de horas que había pasado adecentando el terreno. Es cierto que la camioneta era del maestro de obras, un tal Veloso, y que no podía usarla a su antojo pero eso, pensaba Ermelinda, no era excusa suficiente. Veloso era un buen hombre dispuesto siempre a hacer favores. Además, podía haberse llevado la motocicleta. Si quisiera vendría. A Joao le gustaba quedarse a dormir donde trabajaba. Al terminar el día se juntaban los que no eran del pueblo, bebían aguardiente, jugaban a las cartas y luego, entrada la noche, a Joao le daba pereza. Ermelinda colgó las sábanas de la ventana. En un marco de plata, sobre la cómoda, estaban sus tres hijos. Joao, Emilia y María miraban a la cámara. La fotografía se la hicieron hace unos años en Viana. Parecían felices con sus helados. Era domingo.
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