La Coctelera

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Categoría: Manuel de la Fuente

8 Mayo 2007

Manuel de la Fuente: "Leonard Cohen canta los 40"

Es un joven poeta y novelista canadiense, cuyos primeros libros ya han tenido una moderada acogida entre la crítica. Pero perras, lo que se dice perras, dan pocas. El vate decide que tal vez con la música los dólares lleguen y toma la dirección de Nashville porque siempre le hecho tilín la música country. Pero por el camino pasa por Nueva York y la gran metrópoli le «secuestra» como recordaría tiempo después.
Allí, un tipo bohemio como él, apasionado de Rimbaud y de García Lorca, no puede elegir un mejor lugar para hospedarse que el Hotel Chelsea, el hotel de los corazones rotos del rock and roll donde, más o menos, coincide con Dylan, Joan Baez, Jimi Hendrix y Janis Joplin, con la que al parecer sí coincidió algo más y a la que dedicó años después una de sus canciones, «Chelsea 2»: «Me dijiste una vez más que preferías a los hombres guapos, pero que por mí harías una excepción»
Pero es hora de presentarse. El canadiense en cuestión se llama Leonard Cohen, de los Cohen de toda la vida, nacido en Montreal («cuna de mi familia, vieja como los indios, más poderosa que los Ancianos de Sión», dejó escrito) y un buen día de 1966, de vuelta en su ciudad descuelga un teléfono y canta (o recita, que nunca se ha sabido muy bien cuál es su especialidad): «Suzanne te coge de la mano y te conduce al río. Lleva ropas viejas e insignias del Ejército de Salvación, y el sol se derrama como miel sobre nuestra señora del puerto...». Al otro lado del hilo telefónico, una joven cantante de folk, Judy Collins, se queda prendada de esta «Suzanne» y decide grabarla en su disco «In my life». Un capo de Columbia, John Hammond (descubridor de Billie Holiday, Dylan y, posteriormente, uno de los primeros mentores de Springsteen) escucha la canción en la voz de Judy y decide contratar al trovador judío canadiense con un argumento bien sencillo: si un cantante como Dylan poría ser aclamado como poeta, por qué no un poeta como Cohen podía hacer lo propio como músico.
Precisamente entonces, septiembre de 1966, Cohen y Columbia se convierten en pareja musical de hecho. En diciembre del 67, el disco es publicado bajo un escueto título, «Songs of Leonard Cohen». Y así, hasta hoy, cuarenta añazos después, momento que aprovecha la discográfica para recuperar aquel álbum y los dos siguientes: «Songs from a Room» (1969) y «Songs of Love and Hate» (1970), con alguna propina.
Versión original.
En concreto, «Songs...» añade a las diez piezas originales otros dos temas («Store Room» y «Blessed is the memory»), grabados en las mismas sesiones, pero que no fueron incluidos en el estreno del canadiense. Igualmente, «Songs from a Room» aporta dos inéditos: «Like a bird» (primera versión de «Bird on the wire») y «Nothing to one» (primera versión de «You know who I am»). Por último, «Songs of Love and Hate» añade el original de «Dress Rehearsal Rag».
A lo largo de estas cuatro décadas, Leonard Cohen ha seguido grabando y escribiendo, y ofreciendo al respetable un puñado de títulos imprescindibles de
la música pop, además de los ya citado, como «Death of a ladies man» (1977), «I´m your man» (1988), «The future» (1992) y el último, el extraño pero subyugante «Dear heather» (2004). Durante cuatro décadas, Cohen tuvo relaciones más o menos estables, un hijo, Adam, una hija, Lorca, en homenaje, claro está, a Federico, editó más libros, recibió premios, y hasta se hizo monje de un monasterio budista californiano, etapa que aprovechó su contable, un tal Kelley Lynch, para dejarle a dos velas, con apenas unos miles de euros de los cuatro millones de los que disponía para su jubilación.
Alguien le llamó centinela de la soledad, y otro alguien dijo al escuchar sus primeras canciones que con su música entraban ganas de cortarse las venas. O dejárselas largas, porque reencontrarse con sus primeros discos permite saborear la magia, la precisión, el mundo sombrío y raramente profético de este cantautor minimalista pero imprescindible, de este trovador zen al que por algo los monjes buidistas que ya se sabe que no tienen un pelo de tontos bautizaron como Dharma Jikan, «El silencioso».

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8 Marzo 2007

Manuel de la Fuente: "Aquellos días de marzo"

Qué quieres que te diga, cielo, desde hace tres, tres tristes años, en estos días de marzo me revolotean puñales en el estómago, y ni siquiera puedo imaginarme que está a la vuelta de la esquina, dicen, otra primavera. No sé, amor mío, pero en estos tristes, en estos tristes días de marzo se me pone el corazón en un puño, y hasta los gorriones de la plaza me parece que andan cabizbajos, rumiando recuerdos, rumiando estruendos de trenes sin retorno. No sé, amor mío, no sé qué puñetas tienen estos días de marzo, que se me viene a la boca la bilis de la desesperanza, y vivir se me hace, entonces, un oficio raro, el oficio más raro del mundo. En estos días de marzo, cuando tanto, y tantos, echo de menos. Me falta en la calle un puñado de miradas que desde hace tres tristes, tres tristes marzos, te digo, ya no están entre nosotros. A la salida del colegio extraño aquella pelota de colores, y una cola de caballo, y una carpeta con la foto, dedicada de Guti, el 14, el 14 del Madrid. Supongo, amor mío, que es cosa de mi carácter, o más bien cosa de mi memoria, qué quieres que le haga, corazón, pero no he aprendido (que no aprenda nunca) a olvidar. En estos tristes, en estos tristes días de marzo se me saltan las lágrimas, fíjate qué endiablado es el recuerdo, se me saltan las lágrimas te decía, cuando veo su foto, con gafas, con pecas, y con todas las ilusiones de esta vida, cuando veo su foto, te digo, en el abono de transporte. Qué tendrá marzo, últimamente, que me falta el aire. Qué tendrá marzo en estos días, qué tendrá, que yo soy yo, mi circunstancia, y un puñado de lexatines. Ya ves, cuando llego a la estación deambulo por el anden como un náufrago, con un pañuelo por si hay que decir un adiós o un hasta siempre una vez más. Y subo al tren con tanto dolor habitando mi costado que parece, cielo mío, que va mi alma en parihuelas. En estos tristes días de marzo te quiero desde el exilio de esta marejada de desconsuelo que no amaina. Te escribo desde la esquina de esta tristeza infinita, te escribo, en la estación de Atocha, por todo aquello que aquel día, aquellos días de marzo, tú, yo, nosotros, vosotros y ellos perdimos.

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14 Febrero 2007

María Toledano: "Apunte literario portugués III"

El amor es una alegría acompañada por
la idea de una causa exterior

Spinoza, Ética, III, Def. VI

María nació de madrugada. Pese a ser el tercero, Ermelinda había sufridomucho. Según le explicaron en aquel hospital -una habitación compartida con unachica joven, primeriza, y un fuerte olor a lejía-, el parto iba a dejar secuelas. Nada grave, insistió el doctor Fernandes, pérdida de calcio, anemia. No se preocupe, se recuperará en unos meses. Ermelinda, sin embargo, fue perdiendo poco a poco dientes y muelas. Nada importaba. La niña crecía sana, aprendía con facilidad y sonreía. Es una bendición para tu casa, decían las vecinas. Sus hijos habían salido buenos. Joao era honesto y trabajador, algo despistado pero buen chico. Emilia seguía siendo la niña inquieta que casi se ahoga una mañana de julio en la playa de Esposende -el viento y la corriente la
arrastraban, ella gritaba-, aunque desde que se había ido a trabajar a Francia, ya no era la misma. Venía con otros aires.

Pidió café. Siento su odio clavado desde el primer día, pensó Nazario Pinto acodado en la barra del bar de oficiales. No sé qué hago aquí. Es preciso que olvide el roce de sus guantes, el día que me entregaron el diploma y el sable, los rituales de bienvenida. Siento todavía aquella mano cuyo tacto me horrorizaba, el gesto adusto y la aflautada voz del coronel Souza, el director de los cursos de formación moral. Y el primer destino, joven teniente, a una zona dominada por la guerrilla. Allí, en aquella selva, en un derruido edificio contiguo a las dependencias del mando, estaban los agonizantes vigilados por un ventilador, vendas usadas mil veces en mil heridas abiertas y muros ametrallados por donde corrían lagartos multicolores. Los libros sagrados abiertos sobre el altar, un capellán con pistola, fango hasta las rodillas, insectos nocturnos, serpientes, epidemias. La obligatoria experiencia africana -dieciocho meses al mando de un inaccesible puesto fronterizo cerca de un riachuelo en el norte de Angola defendiendo los intereses de colonos, bancos y la CUF- había resultado desoladora para los jóvenes oficiales como Nazario Pinto. Carecían de experiencia y aterrizaron en el infierno. Fue, para muchos, el primer enfrentamiento directo con la arbitrariedad y el crimen. Los hombres perdían el juicio con la fiebre y las enfermedades. Adelgazaban. Los prisioneros eran torturados con saña o degollados para no gastar munición. Cada día que pasa, prosiguió mientras contemplaba la taza, me siento más lejos. Acabaré concibiendo un catálogo general, un repertorio de la miseria humana. Encendió un cigarrillo y tosió. Dentro de un rato, a eso de las ocho y media, llamaré a Encarnación. Una leve sonrisa se dibujó en su rostro.

Un, dos; un, dos; izquierda, derecha. La boca abierta, sus labios dulces, el pecho. Intentó pensar en otra cosa, distraerse con las ocurrencias de sus compañeros. Hacían bromas mientras marchaban. Margarida rondaba por su cabeza. Ella estaba lejos, muy lejos. Con toda una vida por delante. Otra vida. Algún día se acordaría de él. Tenía que hacer algo importante para que ella se arrepintiera de su decisión y volviera. Era un triste consuelo. Joao marchaba con paso firme siguiendo las órdenes de sargento. Sus movimientos eran casi mecánicos, automáticos. Las piernas eran capaces de repetir lo aprendido sin esfuerzo. El cuerpo era reflejo de la memoria del cuerpo. Un, dos; un, dos; izquierda, derecha. Pies acompasados a la voz, el torso recto, fusil al hombro. Había intentado hablar con ella alguna vez pero había resultado imposible. Ella no quería ponerse al teléfono. En secreto, imaginaba la escena del reencuentro. Ella volvía a su lado. Una carta que nunca llegaba, una inesperada visita. Mentir para sobrevivir en aquel barracón. Silencio. Ruido de muelles. Silencio. Margarida. Un, dos; un, dos; izquierda, derecha. Joao marcaba el paso.

Encarnación leía el periódico sentada en la terraza cuando sonó el teléfono. Era madrugadora. Llevaba un pantalón negro y una camisa blanca. El pelo recogido, gafas de concha. Vivía en un caserón del centro, cerca de la iglesia de Santa Engracia, enseñaba Historia de Portugal en un colegio religioso y escribía por la tarde un libro sobre el futuro de España. Hija de un médico liberal, había estudiado en Lisboa y conseguido un puesto, gracias a la mediación de un paciente de su padre y tras superar un interrogatorio por parte del director del colegio, un dominico siniestro, en aquella reaccionaria institución. Para sus colegas era una chica perfecta, virtuosa. Nunca una falta. A espaldas de la mentira social -la falsedad del trabajo-, Encarnación albergaba esperanzas, creía en la soterrada tensión social y en el creciente descontento que se sentía, según repetía su amigo Rui Lopes -viejo profesor de derecho político- en los cuarteles.

Se habían conocido en una clandestina reunión de opositores. Ella asistía por primera vez gracias a la amistad de Rui Lopes con un par de dirigentes comunistas presentes aquella tarde de octubre. Tomaron la palabra tres sindicalistas; un estibador y dos representantes de fábricas de la periferia. Encarnación tomaba notas. Cuando Nazario comenzó a hablar de la urgencia de una subversión pacífica, de la huelga general como instrumento de presión y de la necesidad de aunar esfuerzos, ella levantó la vista y escuchó con atención. Le pareció un hombre sensato. Un moderado, pensó, un reformista. El capitán de artillería Nazario Pinto -conocido como Ribeiro- desgranaba argumentos con pulcritud. El frío entraba por una ventana rota. Riberio sabe lo que quiere y cómo es posible obtenerlo sin sembrar recelo. Seguro que cuenta con importantes apoyos, susurró Rui Lopes al oído de Encarnación. Al terminar la reunión, ya en la puerta, el profesor les presentó. Interesante punto de vista, dijo ella por decir algo. Ya. Interesante, respondió Pinto. Nazario llevaba un traje gris y
una corbata negra.

Tras varios timbrazos el teléfono dejó de sonar. Por la estrecha calle se alejaba un camión cargado de ladrillos dejando una estela de ruido y polvo.

Tags: narrativa

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13 Diciembre 2006

"La voz y el martillo" de Manuel de la Fuente

Precisamente, tuvo que ser un yanqui, Woody Guthrie, quien lo expresara más exacta y claramente que nadie: «Esta máquina mata fascistas». La máquina era su guitarra y la frase estaba impresa sobre la caja. Por protestar, que no quede. Lejos de allí, en la Suramérica sublevada de los años sesenta y setenta, en el Chile nerudiano de los mineros del cobre, los mítines de Salvador Allende se cerraban también con cantar de guitarras y de corazones: «Desde el hondo crisol de la patria / se levanta el clamor popular / ya se anuncia la nueva alborada / todo Chile comienza a cantar». La música de Quilapayún volvía a ser un arma cargada de futuro en el himno de la Unidad Popular, tanto o más que ese otro gran éxito de la canción protesta universal de todos los tiempos, todo un hit de la canción de combate: «De pie, cantar / que vamos a triunfar / avanzan ya / banderas de unidad./ Y tú vendrás / marchando junto a mí / y así verás / tu canto y tu bandera florecer... El pueblo unido, jamás será vencido...».
Lo había dicho el Che antes de morir en la selva de los abuelos de Evo Morales («Soldadito de Bolivia, soldadito boliviano...») : «Crear uno, dos, tres... muchos Vietnam». Los ideólogos y los profetas del marxismo leninismo se lanzaron a la tarea: guerrillas por aquí, atentados por allá, respondidos con telúrica crueldad por ejércitos y oligarquías. Pero los poetas y los músicos también fueron rebeldes con causa, con esa causa, la del Che y la Revolución, que como la España de Franco también tenía que ser una, grande y libre, en Chile y en medio mundo.
En 1975, mientras Allende y Víctor Jara ya eran dos pájaros de rama en rama por las grandes alamedas de Santiago, en España el dictador entraba y salía de la UCI, aunque también tenía ya su rondalla contestataria: buena parte del cancionero de Paco Ibáñez, de Raimon, de Lluis Lach era cantado y vitoreado en la libertad de los penúltimos guateques, de las reuniones, queríamos decir.
Si el vecino del Norte buscaba respuestas en el viento como Bob Dylan, los latinoamericanos también rebuscaron en el baúl de los recuerdos de su folclore y su música tradicional para aprestarse a seguir al pie de la letra y de la nota la hermosa canción de los argentinos Horacio Guaraní y Mercedes Sosa: «Si se calla el cantor calla la vida. /Si se calla el cantor / se quedan solos los humildes / gorriones de los diarios. / Los obreros del puerto se persignan, quién habrá de luchar por sus salarios».
En el Chile de Allende y de la Unidad Popular, el cóctel musical podía parecer empalagoso: una generosa dosis del materialismo histórico de Marta Harnecker, un par de cucharadas de guevarismo y unos cuantos acordes de la poesía de Víctor Jara, un cantor fieramente humano. Treinta, cuarenta años después, a muchos el brebaje les parecerá más espeso que un vaso de polonio. Pero de aquella mezcla surgieron unas cuantas de las mejores y más intensas piezas del cancionero popular universal. Y nombres tan propios como los del uruguayo Daniel Viglietti, la venezolana Soledad Bravo, los cubanos Silvio Rodríguez y Pablo Milanés y el resto de la Nueva Trova, y el portugués Jose Afonso que abrió la puerta de par en par a la Revolución de los Claveles con su emotiva «Grandola vila morena», y hasta los jovencísimos y protestones brasileños Caetano Veloso y Gilberto Gil.
En aquel tiempo, aquellos años de barricada, compañeros del alma, compañeros, los cantantes eran la voz, pero también fueron el martillo. Las canciones se usaban como un molotov. Eran caseras, urgentes y directas. Porque cuando se sabe que las respuesta no va a estar en el viento dylaniano sino en la culata de los fusiles las preguntas también son muy distintas. «Muy bien, voy a preguntar. / por ti, por ti, por aquél /por ti que quedaste solo / y el que murió sin saber/ , murió sin saber por qué /le acribillaban el pecho / luchando por el derecho de un suelo para vivir». Toda una andanada musical escrita y cantada por el propio Jara tras los sucesos de Puerto Montt, en 1969.
A Víctor Jara le quebraron la voz a golpes. Otros se convirtieron en ciudadanos del éxodo y del llanto, pero también desde la orilla del exilio la canción y la protesta continuaron.
En Norteamérica, las drogas acabaron con el verano del amor y la lucha contra la guerra de Vietnam, pero otra guerra, la de Irak, ha hecho que el rock levante de nuevo la voz. En España, el viento de la democracia se llevó a los cantautores con la música a otra parte, generalmente la de la música intimista y amorosa. En Hispanoamérica, muchos artistas han continuado su labor callada pero intensamente, más cerca de los corazones que de las banderas, que sabido es que los nuevos populistas bien se valen solitos para cantarse unas rancheras.
Puede costar sangre (mucha), sudor (mucho) y lágrimas (demasiadas), pero los dictadores pasan. Sin embargo, las canciones permanecen, por eso, y por tantas otras cosas, te seguimos recordando, «Amanda, la calle mojada, corriendo a la fábrica la sonrisa ancha, la lluvia en el pelo».

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1 Diciembre 2006

"Al margen" de Manuel de la Fuente

Al margen de vuestros electrodomésticos
de vuestros alicatados y microprocesadores
al margen de vuestros alevines
que aprenden la lengua de Lord Byron
en Cincinatti o Minnesotta
al margen de vuestras hipotecas
vuestras declaraciones de la renta
al margen de vuestros automóviles
el ejemplo mas puro y neto
de una civilización que agoniza.

Al margen de vuestras minicadenas
vuestros videos
vuestros chales adosados
vuestros sucedáneos del amor y del cariño
vuestros sucedáneos del sexo y la ternura
al margen de la página
en la que escribís con borrones las horas y los días
al margen siempre de vuestros aquelarres
de vuestros conjuros monetarios y vuestras supercuentas
al margen al margen siempre de vuestras sudaderas
vuestras terapias de grupo vuestro squash vuestro aerobic
al margen de vuestros suplementos dominicales
vuestros atlas de cocina y carreteras vuestros fascículos
al margen de vuestras quinielas loterías bonolotos
vuestras esencias perfumes geles y cremas hipohidratantes.

Al margen de ese esquinazo de la Historia
donde suda y resuda el genero humano por su pan
allí bajo la lluvia
allí os espero
con una camisa a cuadros
y un puñado de estrellas
sonriendo en los bolsillos.

Al margen de vuestras rebajas y vuestras ecuaciones
vuestros insultos al pie de los semáforos
al margen de todos los masters de éste y otros mundos
al margen de vuestras lavadoras y vuestros despilfarros
biodegradable biorrecomendable
al margen de vuestras pesadillas
(que ya sabéis que son vuestros sueños)
al margen de vuestros seguros vuestras pólizas
al margen de vuestras agendas y dietarios
vuestra educación tan poco sentimental.

Al margen de vuestras estadísticas
vuestras hamburguesas vuestras barbacoas
al margen de vuestras camas de diseño
de vuestros manuales para hacer más y mejor la guerra
de vuestros manuales para hacer más y mejor el amor
al margen de vuestros desayunos
uperisados y semidesnatados
de vuestros niños rubicundos y gigantes
atontados y neutros como californianos
al margen de las uñas que os pintáis
de las lociones que os ponéis
antes de entrar con la lengua fuera
en os saraos de la madrugada
o vuestros viajes de luna de miel
al llamado por los optimistas Tercer Mundo.

Al margen
en un rincón de la vida o en sus alrededores
allí bajo la lluvia
allí os espero
con mi viejo chaleco
con mis botas gastadas
el corazón alerta
y un fuego de molotov en la mirada.
(De "Servicios Informativos" Premio Gerardo Diego de Poesía 1995)

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20 Noviembre 2006

"Balada de otoño" de Manuel de la Fuente

Andaba mi Mari el domingo de chino en chino, ansiosa de repoblar
(reforestar, se diría) su fondo de armario otoñal (ya saben, súbeme las
cajas con la ropa de verano, bájame las cajas con la ropa de invierno, y así sucesivamente), de manera que tomé las de Villadiego, que para el caso vinieron a ser las del Retiro. Bajo chopos y castaños me recreaba en ese sencillo ir y venir de gente con ánimo de fiesta, relajada, sonriente, incluso. Me regocijé una vez más ante la inverosímil pero bellísima presencia del ángel caído, con el paisanaje aupado a sus patines y disfruta que te disfruta también del placer de los pedales. Los músicos echaban a volar sus notas dicharacheras, y en los teatrillos de títeres el tiempo de la infancia parecía detenerse. Anduve a solas, como un filósofo en paro en los aledaños del Palacio de Cristal y mientras me llenaba los pulmones de aire moderamente puro un tsunami de recuerdos me partió el alma, al tiempo que los pies se me iban hacia esa senda que entre viejos (pero nunca antiguos) árboles conduce al Bosque del Recuerdo, aquél al que llamaron de los Ausentes. Tiraban de mí como una marioneta los hilos de la memoria, una memoria encogida todavía por las lágrimas de aquellos días de marzo cuando la vida de ciento noventa y dos hermanos quedó en la cuneta.Un puñado de personas subía y bajaba por esa colina tan artificial como necesaria. Quizá me temblaron las piernas y quizá volvieron a humedecerse mis ojos, es probable, muy probable. Arriba, un ramo de flores malvas, blancas y amarillas, al lado de los olivos con las aceitunas en sus ramas, a la espera de utópicas vareas. Dicen que allí deben descansar nuestros recuerdos, si antes no los recalifican. Está bien, que allí descansen en paz, aunque no sea en silencio, rodeados como están del estruendo de futbolistas tripudos y domingueros.Me vi en la cima rodeado de cipreses, con el corazón en un puño bastante cerrado. Me vi en la cima, rodeado de cipreses y recordé que antes que yo un poeta, humanamente desolado, apuntó que los cipreses creen en Dios. Bien está. Pero, ¿y nosotros?

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20 Noviembre 2006

"Oscuro como la tumba donde yace mi amigo" de Manuel de la Fuente

Parece ser que ya todo ha terminado. Pero no, hace tiempo que los relojes se detuvieron y que una mueca horrible quedó en las pieles. Alguien se ha quedado solo en una habitación caída dentro de una ciudad vencida, rodeado de recuerdos que se agazapan en las sombras y lanzan sus zarpazos cuando menos se espera. Alguien ha quedado solo. Alguien es sometido al tercergrado del olvido y no hay nada ni nadie que lo impida. Relámpagos de terror se llevaron las ultimas barandillas de mármol: no hay nada, ni palacios, ni duendes ni sueños , únicamente recuerdos ”¿Qué es un alma perdida? Es la que se ha desviado de su verdadera senda y anda a tientas en la oscuridad de los caminos del recuerdo… “(1) Cruzar las ciudades (¿y los campos?) es lanzarse una vez tras otra a los abismos , es encontrarse con gerard de nerval ahorcado y repetido en las esquinas, o con baudelaire regalando caramelos de desesperanza a los niños en las puertas de los orfanatos estatales . O volver de un viaje de metro abrazado a una sombra, a una mulata turbia y soñolienta, figura etílica que viene de asesinar palomas con flores del mal envenenadas. El circulo se apura y se dilata y sobre la barra de algún bar , en una media noche letalizante, dylan thomas termina sus dieciocho tragos, uno tras otro, impresionado de su propia desesperación, lejos ya de todos y de todo, de ellos y de ellas, llorando impunemente en el nombre de los perdidos que se glorian.
Vosotros lo sabéis , que los puentes sobre la bahía son fríos, cuando las damas nocturnas acechan, frías y mortales para los jóvenes que arrastran el fantasma de su agonía y taciturnos buscan a su ivonne olvidada o quizás alguna dama sin camelias y sin labios que pronuncien el nombre de la muerte en vano. Siempre hay algún hombre anónimo que sufre. Y rostros de pesadumbre manifiesta sueñan con carreteras que no llevan a ninguna parte y menos hacia la esperanza. Ya no hay jóvenes adictos a la esperanza, solo profundos lagos que se lamentan en la tarde. Boris Vian no desayunará mañana con nosotros porque su corazón de niño fallo. El mayor nos mandara una tarjeta de pésame y flores de plástico tendremos que comprar con nuestros últimos ahorros. Y su trompeta la tocaran en la profundidad del mar las mujeres de atlantes prisioneros. Ya todos los amores se vuelven inútiles: “Y el estertor de la agonía . Cómo la vida puede hacer perder el placer de la protesta.” (2). Quién sabe si seremos nosotros los que conduzcamos un camión infernal y lo lancemos inintencionadamente contra un autobús escolar … No, ciertamente nada anda bien y los ojos de las mujeres y de los hombres que quisimos están tatuados ahora sobre las maquinas en las que gastamos nuestro dinero, las nuevas enfebrecidas prostitutas de electrodo y timbre. Algo huele a podrido y no solo en Dinamarca, glup, glup… y pensamos que a Hamlet al menos le quedó el sacrosanto beneficio de la duda. ¿Ser o no ser? Felices tiempos en los que existía la disyuntiva. ¿Alguno de vosotros se atreve a pensar en algo así? ¿Existo o no existo? O en plan clásico: ¿Pienso luego existo? Por favor dejémonos de frivolidades. Sí, sin duda algo anda mal y la única esperanza es el próximo trago. ¿O estamos exagerando demasiado? Tal vez si nuestros amigos son influyentes, tendremos una pequeña información en los papeles después de chocar definitivamente contra el asfalto, si algún pájaro apenado no lo impide con sus afamadas alas.
Hemos esperado demasiados siglos para que todo siga igual y para que la angustia nos siga persiguiendo. Todos los caminos están cerrados y todas las esperanzas son inútiles, tan solo vendrá la muerte y tendrá tus ojos. Y recordaremos un hotel de Turín en el que un hombre terminó con su agonía, después de hacer tres llamadas, encontrando en la última incógnita sin despejar un asidero en el que adormecer su vida acabada. Recordaremos a tantos y tantas empeñados en vanas tareas de salvación personal a través de religiones encubridoras y aliadas de poderes criminales y devastadores. Tendremos que llorar una vez mas por todas las gentes que pueblan manicomios y hospitales y que acaban sus días como perros olvidados sin apenas un hueso de amor que roer. Y tendremos un momento en nuestra mente para rimbaud agonizando después de quemar su juventud, lo único posible después del genio y del arte. Los tiempos no están cambiando, la maquina reproductora de autómatas se perfecciona, olvidamos la sencillez de las cosas y únicamente queda el miedo y el terror, las noches interminables y los barriles de amontillado, los castillos repletos de crueldad y los procesos en los que cientos de inocentes son sacrificados. No está el mar debajo de los adoquines, no, ni el mar ni las sirenas, están los cadáveres de las gentes que se automutilan, escenas de rituales autofágicos y reinasdesaba huyendo con la mirada lánguida de los terremotos del hombre. Y seguimos sólos sin saber siquiera si nos alimentamos, si acaso comemos, si vamos o venimos en este carrusel, aunque algunos ya ni ciertamente les pueda importar. Seguimos deambulando con nuestro ser a cuestas , nuestro propio ser que nos tiraniza y nos persigue, nosotros mismos retorciéndonos las entrañas y pensando que la única solución sea vomitarnos a nosotros mismos si eso pudiese llegar a ser posible. No encontramos popes ni creencias, el veneno de la angustia ya circula nauseabundo por nuestra sangre, no existe ayuda, destrozamos nuestra cabeza en un choque que se repite cada madrugada, aunque quizá y en el fondo todo no sea más que una pequeña crisis de desesperación, un sentimiento de culpabilidad que se arrastra desde la infancia o simplemente ser polvo, aunque sea polvo enamorado.
(1) BAJO EL VOLCAN- MALCOLM LOWRY
(2) MALONE MUERE- SAMUEL BECKETT
(Publicado en el Nº 1 del fanzine "Te echo de menos" de 1981)

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19 Noviembre 2006

"Timbrazos" de Manuel de la Fuente

La del alba sería cuando han llamado a mi puerta. Desde luego, no era el lechero. Ni el cartero del banco, ni el cartero comercial. Han llamado a mi puerta en un amanecer tibio y húmedo de septiembre. No eran los Testigos de Jehová, ni los Adventistas del Penúltimo Día (¿o era el Antepenúltimo?), ni Tom Cruise doctor todo él de la Cienciología. No era el chico del híper, claro. Ni el de Gas Natural con sus opas a cuestas. Han llamado a mi puerta mientras afuera, como de limosna, apenas lloviznaba. Tres golpes secos, primero; otros tres, después, pasados diez segundos. Han llamado a mi puerta al amanecer y no eran mensajeros portadores de buenas nuevas, ni malas tan siquiera. Han llamado a mi puerta cuando los informativos de la madrugada ya cruzaban los aires y las ondas portaban su letanía de lamentos, desencuentros, orfandades y pérdidas. Tres golpes secos, como los de algún exterminador más o menos bíblico. No era el presidente de mi comunidad de vecinos pidiéndome que por favor, por favor, no diera más de comer a los gatos del patio. No era, tampoco, la Presidenta Aguirre que me fuera a poner un colegio concertado en la salita de estar. Ni mucho menos don Alberto Ruiz-Gallardón, con encendidos ánimos de inaugurarme. Y, evidentemente, tampoco era Trini, ni mucho menos, sobre todo ahora que se va a tener que hacer las Américas un día sí y otro también. Han llamado a la puerta, la del alba más o menos sería, y mis dos gatos han estirado las orejas y el morro, y han lanzado a las calles del amanecer sus maullidos de temor. Han llamado a la puerta a esa hora entre la noche y el día en la que todo se detiene, los pájaros aún no han empezado a cantar y tan sólo se oyen en la acera (según cuentan) los pasos secos, acaso metálicos de la Parca. Han llamado a la puerta y, afortunadamente, no era ningún señoritingo andaluz de ésos que hacen de su prosa el muestrario de especias de un híper de barrio, de ésos que odian a los negros. No, era, sencillamente, ahora lo sé, mientras veo cómo almuerzan en mi cocina, era el Día D de Todos los Cayucos. La del alba sería, ya digo, llamaron a mi puerta, afuera, en la calle, como de limosna, lloviznaba. Madrid, un día cualquiera de estos de septiembre.

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