La Coctelera

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Categoría: Jesús Rodero

15 Febrero 2007

Jesús Rodero: "Julián, yo y el otro"

Éramos tres, Julián, el otro y yo. Llevábamos ya tiempo rumiando la posibilidad de hacer pira y bajar a los autos de choque. No por nada en especial, no porque tuviéramos dinero, que no lo teníamos, para montarnos en los autos o comprar algodón de azúcar o ir a la sala de juegos. Pero ese día Julián llegó con los ojos vueltos y frotándose las manos contra las perneras de los pantalones. Miraba nervioso a los lados y parecía querer decir algo que no le salía por la boca. Algo así como que tenía dinero, como que podíamos ir a los autos y comprarnos boletos en la tómbola. El otro y yo nos apuntamos al festín, más que nada porque los ojos de Julián nos invitaban a seguirle, a descender un poco, como quien huye, por el Ojillo (me pregunto a quien se le ocurrió ese nombre para esa calle-cuesta sin historia) sin mirar atrás no sea que haya sirenas o alarmas, incluso madres disfrazadas de policías. Sabíamos, el otro y yo, digo, sabíamos de dónde había salido el dinero. La permanencia, claro. 300 pesetas en billetes marrones de a tres con foto incluida, también marrón, de un señor importante y escritor parece ser. Una foto que el otro y yo solo habíamos visto de refilón salir de la cartera de nuestras madres al pagar los pantalones cortos de verano, por poner un caso.

Sí, era un día húmedo, triste y oscuro, de esos que hacía en Portugalete cuando todavía había maketos y vivíamos asustados por las cosas que no entendíamos. Un día un poco desolador de medio invierno. Medio día o media tarde era. Llegamos a la Canilla todavía con luz. Ni que fuera una travesía. Como todo el mundo sabe del Ojillo a la Canilla (¿qué tiene mi pueblo que pone en diminutivo los nombres de los lugares emblemáticos?) hay escasamente cinco minutos a paso lento. Pero volvimos de noche. Mi recuerdo es un poco difuso en este punto. Pensaba que nuestro desmadre despilfarrador había durado un par de horas como mucho, pero ahora me doy cuenta que fue mucho más largo. Montamos en los autos de choque junto a la antigua estación. Varias veces, muchos minutos. Las chicas del dueño nos miraban con pena y risa, el otro pensó entonces que nos miraban con complicidad y cariño y no paró de decir tonterías para llamar la atención.

Julián seguía mirando extraño y revirando los ojos, y no paró de frotarse los pantalones en toda la tarde. Sabíamos de dónde venía el dinero y sabíamos que la felicidad no dura. Es triste ser tan joven y saber que después del yin viene el yang (¿o es al revés?), que después de la euforia viene la resaca. Aún así, después de los autos, compramos boletos en la tómbola. Nadie más jugaba porque no había nadie más, porque el mundo estaba vacío y todas las miradas del universo convergían en nuestras desoladas cocorotas. Lloviznaba y había tigres de peluche colgados de la enorme carpa metálica. Todo se mojaba y nosotros poco a poco fuimos perdiendo la ilusión según se iba acabando el dinero. Tuvimos nuestro momento de gloria, por llamarlo de alguna manera, cuando nos tocó un juego de cartas de poker y un perro titiritero. La lluvia no cesaba y Julián nos informó, después de comernos un algodón de azúcar cada uno, que solo le quedaban treintayocho pesetas con todas sus letras.

La bajada había sido fácil. Nada más fácil que bajar una cuesta con dinero en el bolsillo, aunque sea el bolsillo de otro y el dinero de un tercero. Pero subir… subir es otra cosa. Subir mojado, con los ojos mustios y culpables de Julián rodando por el suelo, subir sin el dinero de la permanencia y con el remordimiento comiéndose el lóbulo occipital derecho del otro y el izquierdo mío. ¡Cómo cuesta subir la calle del medio, el Cristo, ahora otra vez el Ojillo (estoy empezando a odiar los malditos diminutivos sin sentido) y pasar al lado de la Academia y mirar de reojo los balcones enrejados y las paredes blancas, puras, castas, inocentes de esa academia compendio de conocimiento y razón, cómo cuesta!

Y el otro y yo muertos en ese instante, paralizados por la visión de la procesión de madres y profesoras que se abalanzan sobre nosotros y nos separan a empellones y vociferan la culpa para que no salga de nuestras orejas y se quede allí bien metida entre el cerebro y el corazón. A Julián ya no le veo, lo han arrastrado a un lado y oigo sus gritos, sus sollozos, su dolor por los golpes. El otro también ha desaparecido y yo apenas puedo divisar en la oscuridad lacrimógena de la tarde pasada por agua la vergüenza que se carga sobre la espalda de mi madre para encorvarla un poco más, para vencer su resistencia un milímetro más… y de nuevo la culpa y el resquemor de la imprudencia temeraria invaden mente. No recuerdo como llegué a casa, pero sí el silencio largo y pesado de las horas siguientes, y los susurros en la cocina junto a alguna pequeña chispa de desesperación. La mañana siguiente fue la humillación de enfrentarme a la clase, a la vergüenza del delincuente inconsciente, señalado y degradado. ¡Qué marrones eran mis zapatos ese día! Los vi tanto y de tan cerca que mis ojos casi se nublan de monocromía.

A Julián no lo volví a ver más. Sus padres lo sacaron de la academia. Del otro olvidé su nombre y posiblemente su cara. No así la de Julián, triste cara de una vida que pudo ser pero que se perdió en esa tarde monótona y baldía junto a la ría, no lejos del puente colgante, patrimonio de la humanidad. Hoy aún oigo a veces sus gritos. Gritos desde el quinto piso del número tres de aquella calle de cuyo nombre no me quiero acordar, y veo una ventana abierta y en ella una mujer a punto de saltar, y a Julián agarrándola por los hombros con sus ojos todavía tristes y culpables… y sus manos que resbalan casi sin querer y se pierden en la oscuridad mientras alguien corre las cortinas, baja la persiana y de nuevo resuenan los lloros, los gritos, los golpes.

Tags: narrativa

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