"Inverness, destilería de mitos y leyendas" de Begoña Donat
La tercera ciudad de Escocia es un destino anclado en las profundidades del lago Ness. Pero más allá de la trillada quimera del monstruo, la capital de las Highlands brinda cascadas, castillos, delfines mulares y fábulas envueltas en whisky y niebla.
No hay localidad en los alrededores de Inverness que no haya sido refugio de sirena, fantasma o bruja, círculos de las cosechas o heroínas de la independencia. Todo este acopio de mitos y leyendas responde a la superstición, la ingesta de whisky, la niebla y los cuervos que todo lo preñan de misterio. Los alrededores de la ciudad son de una belleza conmovedora y de una fantasía desbordante. Más allá del improbable avistamiento del monstruo, la tercera capital de Escocia está surtida de acantilados que se precipitan al vacío y estepas de trigo cubiertas de bruma.
El dragón y las doncellas
La arquitectura de la ciudad data de 1822, ya que su turbulento pasado no ha dejado indicio anterior. En la colina que aglutina el centro histórico destaca el castillo de Inverness, donde la estatua de la heroína nacional Flora MacDonald se erige mirando al río. La joven ayudó a escapar de los ingleses al príncipe Carlos Eduardo Estuardo disfrazándolo de su sirvienta irlandesa. A unos escasos 20 minutos al sur por la A9 se encuentra la villa natal de otra luchadora de la independencia, Lady Anne Mackintosh. “La Belle Rebelle” era originaria de Moy Hall, donde, a lo Agustina de Aragón, hizo frente a las fuerzas del Gobierno para proteger al cariñosamente apodado Bonnie Prince Charles.
También al sur, pero tomando la A82, arranca la carretera del lago Ness. Excepto las ruinas del Castillo de Urquhart, fortaleza medieval que se remonta al siglo XIII, poco ofrece la senda oeste del lago. No hay recodo que no esté abarrotado de turistas prestos a disparar sus flashes sobre cualquier tronco que aflore a la superficie ni parada en la que un sinfín de souvenirs no asome el hocico. “Nessie” es el motivo de peluches, imanes, ambientadores, posavasos, puzzles y calcetines. El paraíso de lo kitsch dista mucho de la hermosa oferta del lado este, una carretera estrecha y poco transitada donde se suceden densas masas de helecho y brezo que van del marrón al lila. En el valle de Glen Mor sólo se escucha el murmullo del río y el balido del sempiterno ganado ovino. Por el camino se encuentra señalizado un desvío hacia las cascadas Foyers, donde entre los troncos de los árboles el musgo conforma paisajes ondulantes sobre las piedras. El torrente de agua, del color del vino tinto, se precipita a una laguna de tonalidad sanguinolenta, evocadora de enigmas.
Profecías y deseos
Al norte de Inverness se suceden lindos y tranquilos pueblos que en nada hacen presagiar momentos convulsos. En la península de Black Isle se encuentra Fortrose, donde el rey abrasó en un barril de alquitrán al adivino Brahan por vaticinar su muerte inminente. El monarca desconocía que matar al mensajero no es la solución, así que la profecía se hizo realidad. Sobrepasados los campos de golf, una placa recuerda al brujo gaélico, que, entre otras cosas, predijo la llegada del ferrocarril a las Tierras Altas.
En el estuario de Cromarty asoma el bonito municipio del mismo nombre. Se cuenta que un marinero pescó una sirena en 1725. El lobo de mar sólo liberó a la ninfa cuando le concedió tres deseos: seguridad, prosperidad y casarse con la hija de un rico comerciante de Inverness. Así fue. La localidad enlaza con la vecina localidad de Nigg mediante un pequeño y oxidado ferry que sale cada media hora. La travesía resulta deliciosa y durante el trayecto suelen avistarse delfines mulares.
A pesar del aspecto apacible de sus casas medievales, de las ventanas floridas y del trino de los pájaros, la villa de Dornoch insiste en rememorar su pasado macabro. Los puntos turísticos señalados recuerdan la quema de la última bruja en Escocia en 1722 –acusada de convertir a su hija en poni y pasearse sobre ella por el pueblo-, el postrero ahorcamiento público y la tumba de una víctima del cólera.
En el extremo del estuario de Dornoch se encuentra Portmahomack, un antiguo puerto donde se disfrutan las más bellas puestas de sol de la zona, con la silueta de los pescadores recortada frente al mar. En sus inmediaciones se encuentra el Centro Tarbat, ubicado en una iglesia del siglo XVIII donde se recogen descubrimientos arqueológicos de la era picta, hallados cuando se investigaban unos círculos de las cosechas.
Los pictos fueron unas tribus guerreras que habitaron el este de Escocia hace dos siglos. Tras de sí dejaron un legado de piedras grabadas con espirales, rayos y círculos a partir de unos códigos que nadie ha podido descifrar. Las losas asomaban desperdigadas por los campos, pero con el tiempo, museos y centros culturales las han ido recogiendo, así que no hay que dejar escapar la oportunidad de contemplarlas al aire libre. Se puede realizar un circuito en el área de Dornoch y el estuario de Cromarty. Una de las paradas más interesantes está en Edderton, donde rodeada por vallas para evitar el acceso del ganado, se eleva una piedra en la que se aprecia el salto de un salmón. En el cementerio cercano también se conserva un vestigio de la conversión de los pictos al cristianismo, una cruz celta esculpida con la silueta de unos guerreros.
De Macbeth y otras batallas
Inverness limita al este con fantasmas de guerras y ecos literarios. La primera parada en la A96 es Culloden, donde se libró una batalla tristemente célebre porque supuso el fin del sistema de clanes. La leyenda cuenta que el fantasma de un soldado pena la tragedia en el páramo y en uno de los túmulos se aparece un hombre de cabellos negros vestido con el tartán del clan Stewart. Cerca de allí se eleva Fort George, una fortaleza de artillería del siglo XVIII edificada frente al estuario de Moray que de un lado de sus murallas ofrece deslumbrantes vistas marinas y del otro, panorámicas del valle de Great Glen.
Nairn consta de una de las más maravillosas playas de Escocia, East Beach, donde las dunas de juncos dan paso a una costa de arena blanquísima donde se alinean bandadas de gaviotas. Franjas de césped se adentran en el mar y en la ribera salvaje no hay rastro de sombrillas ni toallas multicolor. A ocho kilómetros se encuentra el escenario de la muerte de Duncan en el drama “Macbeth” de Shakespeare, el Castillo de Cawdor. La obra está llena de hechizos, augurios y traiciones, pero los historiadores han deducido que fue una licencia del bardo, puesto que la acción transcurre entre 1040 y 1054 y la residencia no fue construida hasta el siglo XIV.

