26 Febrero 2008
27 Agosto 2007
A Gemma, que me regaló un mapa de otra ciudad
La ciudad dormida evapora su lenguaje
Lezama Lima
Con los primeros calores del día, agosto madrileño, llamaron con insistencia a la puerta. Era mi nieta Lola. Con una sonrisa que hubiera iluminado el infierno, ombligo al aire y gafas oscuras me dijo que fuera haciendo la maleta. Dentro de cuatro días nos íbamos a La Habana. La vejez conlleva, amén de otros detalles que omito por decoro, obediencia debida. Protesté, por aquello de la forma, y cuando quise darme cuenta bebía zumo de naranja, ay, en un vuelo con destino al aeropuerto José Martí. Volvía a la isla, Hasta la victoria, siempre, y mis recuerdos saltaban de un año a otro descontrolados: las palomas en el hombro de Fidel, el azúcar, la tonelada a precio de lo que fuera menester, aquellos misiles, la despedida del Che, el socialismo cubano con sus matices ideológicos y recodos teóricos, la virgen del Cobre y la dolarización del demonio, el tacto áspero del Granma, la lucha internacionalista en Angola y ahora en Venezuela, una reunión en Topes de Collantes, años setenta, el 26 de julio de 1973 (una historia que no viene a cuento), los avances farmacológicos y el llamado “período especial”, es decir, la violenta crisis económica, un eufemismo, que recorrió la isla, de Santiago a Pinar del Río, tras la caída de la URSS. Lola, a mi lado, leía La ciudad de las columnas de Alejo Carpentier y en la mochila, asomando discreto, junto al autista Ipod, lucía una vieja edición -regalo mío- del clásico Contrapunteo cubano del tabaco y el azúcar de Fernando Ortiz, impreso en La Habana, 1963 (Año de la Organización), por el Consejo Nacional de Cultura con una elegante introducción de Bronislaw Malinowski fechada en Yale, julio 1940. Los libros, igual que los viejos, también viajan por obligación.
La ciudad nos recibió abierta en canal de agua, partida en dos por una de las primeras tormentas de la temporada, con los comercios iluminados, su gentío y el agitado tráfico de la tarde. Reconocí algunas avenidas exteriores recién asfaltadas, las casas de Boyeros y el olor a tierra mojada; los renovados hoteles de Prado y la ocre intensidad de la luz. Caía la tarde. Para mí, setenta y ocho cumplidos, estar de nuevo en La Habana, respirar su penetrante humedad y fumar un pitillo sentada en cualquier café, significa rejuvenecer treinta años. O más. Imagino que hay que ser comunista, o lo que seamos ahora, para entender esto. En fin. Ocupamos el hotel y salimos a la calle. Neptuno con Parque Central. La mirada de Lola, como su pequeña cámara digital, era carnívora. Quería devorar todo, captar la vida en marcha, la que fluye por las esquinas y las puertas entornadas, experimentar en un instante el aire moderno del socialismo caribeño del que tanto ha oído hablar, empaparse de todo. Recordé mi primer viaje, finales de mayo de 1961, pocas semanas después del desembarco de Playa Girón y de que Fidel proclamara, con solemnidad revolucionaria, aquel Primero de mayo, que Cuba era “una república socialista”. Con la edad te vuelves sentimental, me dije. Lola, a mi espalda, ya estaba hablando con un par de jóvenes. Crucé sin mirar pensando, ignoro la razón, en Regis Debray y Bolivia. Casi me atropella un flamante coche coreano, matrícula amarilla. Hay que joderse con el socialismo automovilístico.
Harta de defender durante décadas la causa única y valiente del socialismo cubano, de la Revolución, del hombre nuevo que no ha llegado del todo o que llega tropezando por Centro Habana con una javita, un socialismo real, diferente al soviético, radicalmente humano, ajeno a los bolcheviques y al PCUS, que se levanta sólo, orgulloso y mambí, con sus innegables progresos y contradicciones, con su bloqueo y su níquel, su escasa mortalidad infantil, su elevado nivel de educación y sus Vampiros en La Habana, ahora -hace ya una larga temporada- me he vuelto chavista. A la vejez, viruelas. Cubana y chavista. Un país, dos banderas. Le cuento esto a Lola -aportando datos sobre la mejora del consumo energético per capita- sentada en un banco de la Plaza de Armas, los libreros están recogiendo la mercancía del turista, y me mira con dulce resignación. Agüe -dice descarada, sin dejar de recorrer cada palmo con ojos posesivos- descansa un poco. Niña -respondo- otra falta de respeto así y te fusilamos al alba. Me gusta usar el plural revolucionario (serán reminiscencias estalinistas) y paladear la proximidad emocional que concede la semántica. Se ríe y me saca una foto con un cigarrillo en la boca. O el socialismo conlleva alegría de vivir o no es socialismo, pienso. Marx estaría de acuerdo.
Cenamos algo, frijoles con arroz, pollo y fruta, paseamos hasta la Rampa por el Malecón, cerrado al tráfico por causa de carnaval -nos quedamos un rato mirando las carrozas- y regresamos en taxi al hotel. Hace sólo unas horas que estamos en La Habana y ya siento algo parecido al bienestar. Dirán que exagero y tendrán razón. Hace un par de años unos jóvenes venezolanos del Frente Francisco de Miranda me regalaron en Caracas una camiseta cuya leyenda dice: Yo me declaro socialista, ¿y qué? Ya en la habitación charlamos y hacemos planes para el día siguiente. Iremos a primera hora a la Plaza de la Revolución y luego veremos. ¿Te parece bien? Cómo explicarle a mi nieta, en dos palabras, que en esta ciudad acepto cualquier idea razonable. Sentirse cubana, como me siento, y ser europea (es un decir, siendo española) es fácil -reflexiono-, lo duro, pese a todo, es ser cubana en Cuba. Antes de dormirme me asaltan dudas (razonables) sobre el desarrollo (¿necesario?) del turismo, la utilidad de la doble moneda (el peso convertible y el otro) y la precariedad del transporte colectivo y me acuerdo de España, allá por los años 60 y 70, cuando nuestra floreciente industria era la misma. Leo un cuento de Hemingway (que paseaba por el franquismo taurino como si tal cosa). Al instante me desvelo. Fumo apoyada en la ventana. La bulliciosa metrópoli se va apagando. Pongo TeleSur sin voz. Son las doce y media. Sospecho que la noche será larga. Lola duerme cansada y feliz. El aire acondicionado entona su cansina sinfonía de hierro y plástico. Venceremos.
30 Mayo 2007
Me gusta convertirme en el viento que te acaricia
para que me sientas aún sin verme.
Ser el sol que se derrama en tu rostro
para que al rozarlo tu mirada se ilumine
aunque ciego por mi destello, nunca lo sepas.
Deshacerme en lluvia que empapa tu pelo
para viajar prendida en tus cabellos
aunque mi humedad se confunda escondida en tu sudor.
Y ahora,
Me gustaría volverme carne para decirte mi nombre al oído.
Para que reconozcas mis manos, mis ojos y mi piel descubriendo tu cuerpo lindo.
Tu cuerpo entero y el mío, mientras te susurro mi nombre al oído.
8 Mayo 2007
Me gustaría ser Maga
para borrar tu tiempo
y mi distancia
y fabricar un mundo
en el que la felicidad
sea el despertar de cada día
y no un sueño.
8 Mayo 2007
Rancias damas del Auxilio Social -repartidoras de aceite de ricino y cortes de pelo- y falangistas valerosos, repeinados como su señorito, asesinos de la Santa Cruzada, por el imperio hacia Dios, España siempre una, grande y libre (liberada); los militares de baja graduación, ascensos y galones por méritos de guerra, brillantes correajes y fijador, recorrían los pueblos intimidando a la gente, a las mujeres jóvenes; viudas con estanco, la esencia del régimen, el gallardo moño arribaespaña y docenas de profesores universitarios de derecho, latín, historia, química orgánica, geografía, matemáticas o lengua sin bachiller ni conocimiento alguno vestidos de camisa azul, pantalón blanco o negro, el yugo y las flechas en la solapa y en los edificios oficiales; intelectuales aprovechados, vividores y miserables -algunos hoy, desde la socialdemocracia, reivindican (sic) su aportación al proceso constitucional de 1978- que se pasaron media vida alabando la guerra contra los rojos, Franco estratega y hombre de paz, César visionario, para luego girar al sol de la nueva prebenda; sus nombres escuecen todavía en el recuerdo: Pedro Descargo de conciencia Laín, Tovar, Ridruejo, Sánchez Mazas, Panero, Rosales y tantos otros; mientras estos arribistas hacían pasillo en busca de embajadas y cátedras, dinero fácil para sus publicaciones de mierda y laudatios, el miedo de los huérfanos, sus padres muertos o encarcelados, se extendía por los colegios, media-pensión para los pobres, pavor en los orfanatos, bajo la atenta mirada de la Sección Femenina, Pilarín -la hermana del Ausente- y las suyas, monjas-alférez de la España nueva, expresión real -tocada de fervor místico y juegos sexuales de cilicio- de la violencia gris, ruin y zafia de la dictadura fascista, franquista, nacional-católica. Poco importa su denominación pese a que la teoría política y el revisionismo de academias de cartón quieran hacer bandera en congresos y ponencias de estas disquisiciones. Muchos diputados de la CEDA ya eran, antes de 1933, fascistas y protomátires. El hambre y las enfermedades, los robos cotidianos, humillaciones, sabañones y la imposibilidad de mirar a los ojos, de frente, no fuera que apareciera algún reproche que acarreara castigo. Recuerdo cómo a algunas mujeres les hacían limpiar los suelos de las cárceles, de los colegios y las iglesias con la bandera tricolor. Aquello era la representación diaria, Las criadas, del terror, el terror de estado, el terror institucional. Después de la guerra, que fue dura, vino una piorrea eterna, casi cuarenta años, casi cuarenta años de infección que pesan sobre la espalda de un pueblo como cuarenta infiernos, cuarenta círculos de odio. Muchas obras han reflejado el drama español, esta eterna velada de Benicarló de niños yunteros; pocos, en realidad, con el acierto semántico y la singularidad expresiva, la fuerza narrativa y la riqueza de sórdidos matices de las historietas de Carlos Giménez y su Paracuellos, que reedita ahora -un magnífico volumen con el título Todo Paracuellos, reivindicativo prólogo de Juan Marsé- la editorial Debolsillo.
Niños con las rodillas raspadas de jugar, de correr por los patios gélidos de Castilla, siempre hacía frío, escapando de sí mismos, de las lecciones de salvaje machismo de los falangistas y del vicio sordo (y sucio) de las administradoras, legionarias, de la Sección; los niños y los inexistentes brazos de sus madres, no siempre había visita, los rostros sorprendidos de bofetadas; niños cuya única ilusión consistía en chupar y pasar al compañero un mendrugo de pan o una galleta o un trozo de membrillo o una sonrisa o una lágrima, abandonados y solos, muchos pasaron de la infancia a la adolescencia bajo el manto del Auxilio Social, palizas en lugar de merienda; Paracuellos, metáfora de la niñez de un pueblo, huella del drama español e historia común. Aquellos barros traen lodos tan increíbles como, por ejemplo y sin que nadie se extrañe, la presencia en el Senado de Manuel Fraga, ministro de Franco en los sesenta, por destacar sólo un caso. ¿Se imaginan que un colaborador de Hitler, uno de sus ministros, hubiera sido diputado en el parlamento alemán? España debe ser diferente, decía el lema de los Paradores Nacionales, de tan agradable recuerdo para este atroz funcionario.
En el siglo XXI se habla mucho de terrorismo. Estará de moda y dará juego a la estrategia del capitalismo. Pero nadie recuerda -nadie quiere recordar- un régimen, jaleado por la iglesia católica, de terror abierto y declarado como el que destruyó la esperanza de modernidad surgida de las elecciones de febrero de 1936. Se vivía en el desmán permanente, sostienen los herederos de la victoria, y el ejército nacional trajo la paz. El olvido que la fórmula de la transición consagró acarrea muchas consecuencias. Este desconocimiento de la historia común es la principal causa de nuestra extraña forma de vivir y de votar, una ignorancia amplia y profunda, que inunda, rayo que no cesa, la identidad de una sociedad que se pretende libre (una ilusión más del consumo). En ese oscurantismo anida el germen de la mentira y la manipulación. En ocasiones, un libro se hace necesario, un aldabonazo seco en la memoria, y ayuda a recordar de dónde venimos y quiénes somos, qué ocurrió. Este es el caso del minucioso trabajo de introspección e historia -dramático dibujo y texto sobrio- de Todo Paracuellos de Carlos Giménez.
8 Mayo 2007
Es un joven poeta y novelista canadiense, cuyos primeros libros ya han tenido una moderada acogida entre la crítica. Pero perras, lo que se dice perras, dan pocas. El vate decide que tal vez con la música los dólares lleguen y toma la dirección de Nashville porque siempre le hecho tilín la música country. Pero por el camino pasa por Nueva York y la gran metrópoli le «secuestra» como recordaría tiempo después.
Allí, un tipo bohemio como él, apasionado de Rimbaud y de García Lorca, no puede elegir un mejor lugar para hospedarse que el Hotel Chelsea, el hotel de los corazones rotos del rock and roll donde, más o menos, coincide con Dylan, Joan Baez, Jimi Hendrix y Janis Joplin, con la que al parecer sí coincidió algo más y a la que dedicó años después una de sus canciones, «Chelsea 2»: «Me dijiste una vez más que preferías a los hombres guapos, pero que por mí harías una excepción»
Pero es hora de presentarse. El canadiense en cuestión se llama Leonard Cohen, de los Cohen de toda la vida, nacido en Montreal («cuna de mi familia, vieja como los indios, más poderosa que los Ancianos de Sión», dejó escrito) y un buen día de 1966, de vuelta en su ciudad descuelga un teléfono y canta (o recita, que nunca se ha sabido muy bien cuál es su especialidad): «Suzanne te coge de la mano y te conduce al río. Lleva ropas viejas e insignias del Ejército de Salvación, y el sol se derrama como miel sobre nuestra señora del puerto...». Al otro lado del hilo telefónico, una joven cantante de folk, Judy Collins, se queda prendada de esta «Suzanne» y decide grabarla en su disco «In my life». Un capo de Columbia, John Hammond (descubridor de Billie Holiday, Dylan y, posteriormente, uno de los primeros mentores de Springsteen) escucha la canción en la voz de Judy y decide contratar al trovador judío canadiense con un argumento bien sencillo: si un cantante como Dylan poría ser aclamado como poeta, por qué no un poeta como Cohen podía hacer lo propio como músico.
Precisamente entonces, septiembre de 1966, Cohen y Columbia se convierten en pareja musical de hecho. En diciembre del 67, el disco es publicado bajo un escueto título, «Songs of Leonard Cohen». Y así, hasta hoy, cuarenta añazos después, momento que aprovecha la discográfica para recuperar aquel álbum y los dos siguientes: «Songs from a Room» (1969) y «Songs of Love and Hate» (1970), con alguna propina.
Versión original.
En concreto, «Songs...» añade a las diez piezas originales otros dos temas («Store Room» y «Blessed is the memory»), grabados en las mismas sesiones, pero que no fueron incluidos en el estreno del canadiense. Igualmente, «Songs from a Room» aporta dos inéditos: «Like a bird» (primera versión de «Bird on the wire») y «Nothing to one» (primera versión de «You know who I am»). Por último, «Songs of Love and Hate» añade el original de «Dress Rehearsal Rag».
A lo largo de estas cuatro décadas, Leonard Cohen ha seguido grabando y escribiendo, y ofreciendo al respetable un puñado de títulos imprescindibles de
la música pop, además de los ya citado, como «Death of a ladies man» (1977), «I´m your man» (1988), «The future» (1992) y el último, el extraño pero subyugante «Dear heather» (2004). Durante cuatro décadas, Cohen tuvo relaciones más o menos estables, un hijo, Adam, una hija, Lorca, en homenaje, claro está, a Federico, editó más libros, recibió premios, y hasta se hizo monje de un monasterio budista californiano, etapa que aprovechó su contable, un tal Kelley Lynch, para dejarle a dos velas, con apenas unos miles de euros de los cuatro millones de los que disponía para su jubilación.
Alguien le llamó centinela de la soledad, y otro alguien dijo al escuchar sus primeras canciones que con su música entraban ganas de cortarse las venas. O dejárselas largas, porque reencontrarse con sus primeros discos permite saborear la magia, la precisión, el mundo sombrío y raramente profético de este cantautor minimalista pero imprescindible, de este trovador zen al que por algo los monjes buidistas que ya se sabe que no tienen un pelo de tontos bautizaron como Dharma Jikan, «El silencioso».
15 Abril 2007
El PSOE está triste y algo alicaído, encerrado en su pequeña Moncloa de barro y estadísticas de terciopelo. Nadie le ha invitado a la algarabía que está montando el PP, también llamados Populares, por las sedientas tierras de España. Cada mañana, al ritmo marcial de la COPE y los necios tirantes de El Mundo, aprietan sus correajes de espanto, se esculpen el perfil de gomina, ajustan el refajo y se lanzan al circo máximo con un nuevo espectáculo, luz y sonido, el acontecimiento del día. Vive la derecha nacional-católica, quizá sin saberlo, en la más absurda cultura de la posmodernidad líquida, de lo liviano y sutil, de la nada que nadea, recreándose en titulares efímeros y declaraciones en fa mayor que no perduran más de veinticuatro horas. Esfuerzo baldío, tierra baldía. La ruptura de España está al caer, anuncian sin despeinarse, se ve ya la grieta por Burgos y Navarra, del mismo modo que se separaba la península ibérica de Europa en aquella novela de Saramago; la educación pública, vociferan, está en manos de rojos, masones y demás ralea pedagógica (pese a que florezcan los colegios de ideario y crucifijo que educan en valores eternos), y los inversores extranjeros escapan ante los graves momentos de inestabilidad. La gran banca oye estas campanas de sacristía y sonríe con descaro de dividendo mientras cruza por la pasarela Cibeles de sus beneficios. Mientras esto acontece sin remedio ni tregua, el personal -ajeno, en su mayoría, al trivial espectáculo- prepara la excursión de semana santa y los puentes de mayo. El electorado es así. El sensible gobierno de la izquierda -las palabras, privatizadas, han cambiado de significado- luce palmito altanero -dama antigua recién ofendida-, un No a la guerra en la solapa (será por Afganistán) y acusa al PP, también llamados Populares, de crear un clima permanente de crispación. Lo que importa, parece ser, es el clima, el ambiente. Utilizamos las palabras con total impunidad e indiferencia, como el que contempla las maletas del prójimo -incluso la propia- en una cinta transportadora. Carpe diem.
Es norma y facultad de los gobiernos -dice la mercadotecnia inventada en EE.UU., años 50- marcar la agenda política. Para eso tienen el poder y tocan las cuerdas que mejor suenan. En la actualidad, y pese a las constantes y cansinas apariciones del secretario de organización del PSOE, el ministrín Blanco, el gobierno ha perdido la iniciativa política y camina, arrastrándose, por la senda empedrada que marca la derecha montaraz. Desde Felipe II hasta hoy, sin exagerar, la agenda, es decir, qué hay que hacer y cuándo, siempre la ha marcado la derecha, todas las derechas. González, el atento alabardero de Polanco y ocasional joyero, habla de ambiente prebélico. Polanco, ex de Barreiros, declara que la derecha actual le recuerda al franquismo por el uso y abuso de la bandera. Tiene razón, él conoció bien el régimen. En aquella época labró su fortuna de papel. Rodríguez Zapatero, efecto under dog, el chico bueno apaleado, tiene suerte. Polanco ha pasado de discreto enemigo a coyuntural aliado en el tiempo que dura un consejo de administración. La actual guerra santa (católica), una verdadera yihad económica entre familias y posiciones de clase, está produciendo desgarros intestinales entre las elites. Andan de Opa´s. El PSOE está triste igual que su candidato madrileño a la alcaldía y los llamados Populares (el somatén y sus aliados) buscan todavía explicaciones a su inesperada salida del gobierno tras las bombas de Atocha. El que no corre vuela. Los estrategas del PSOE siguen confiando en la vieja máxima cuanto peor, mejor; los adalides del PP, bronceado y zumo de naranja, anuncian buenos resultados electorales gracias al desgaste gubernamental. A uno y a otros, teóricos de la nada y la sociología electoral, hacedores de lluvia ácida y cálculos porcentuales de intención de voto, quisiera yo haberlos visto en Stalingrado.
En El PP están de fiesta. En Génova, al caer la tarde, un redoble de tambores anuncia el orden del día. Al compás de Marcial eres el más grande, Rajoy con montera y capote de paso,esquivando cuchillos, abre las reuniones.
23 Marzo 2007
Como el vino de Jerez y el vinillo de Rioja,
son los colores que tiene la banderita española
Las corsarias, Pasodoble de la bandera
Selecciona el agregador que utilices para suscribirte a este blog (también puedes obtener la URL de los feeds):